24 de agosto de 2017
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Tratado de Maastricht: 25 años de europeísmo

  El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, interviene durante una ceremonia por el 25 aniversario del Tratado de Maastrich, en Maastricht, Holanda, el 9 de diciembre de 2016. (Fotografía: EFE/Marcel Van Hoorn) 
 

 El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, interviene durante una ceremonia por el 25 aniversario del Tratado de Maastrich, en Maastricht, Holanda, el 9 de diciembre de 2016. (Fotografía: EFE/Marcel Van Hoorn)  

El Tratado de Maastricht celebra su 25 aniversario el martes 7 de febrero, en un contexto especialmente difícil. La salida de Reino Unido de la UE, el ascenso de los partidos euroescépticos como el Frente Nacional, la crisis de los refugiados y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ponen a prueba la unidad europea, ya debilitada por una crisis económica de gran calado y las dudas que se han llegado a sembrar sobre el futuro de uno de los logros más importantes de Maastricht: el euro.

Sin llegar, de momento, a derrumbarla. Un cuarto de siglo ha pasado desde la firma de un acuerdo que ha consolidado la UE, tanto a nivel interno como externo, convirtiéndola en un ejemplo de democracia y fortaleza. No solo fue el euro, también el concepto de ciudadanía europea y la Europa de la Defensa. EuroEFE conmemora Maastricht, un tratado surgido en una época de "euroeuforia"

Un símbolo formal: el euro

25 años después de que el Tratado de Maastricht consagrase su nacimiento, el euro ha sobrevivido a los envites de la crisis pese a las flaquezas de una Unión Económica y Monetaria aún incompleta y afronta hoy presiones externas e internas de nuevo cuño.

El 7 de febrero de 1992, los doce países de la entonces Comunidad Europea dieron un paso de gigante en la integración política y económica con la firma del Tratado de Maastricht, que sentó las bases de la actual UE y creó la Unión Económica y Monetaria (UEM). Los Estados cedieron sus preciadas competencias de política monetaria para alcanzar una UEM que permitió el libre flujo de capitales, abrió una cooperación en política económica y creó la moneda única que llegó a los bolsillos de doce estados europeos el 1 de enero de 2002. Pero la estructura se cerró sin una unión bancaria ni fiscal, con la confianza de que el curso de la historia llevaría a conseguirlas."El euro se fundó sobre una unión incompleta y los dirigentes entonces ya eran conscientes de ello (...) pero no había voluntad política para dar más pasos", dice Guntram Wolff, director del centro de estudios europeos especializado en Economía Bruegel.

Casi dos décadas después, la crisis mostró con toda su crudeza las fallas del diseño, revelando el peligroso círculo entre la banca y la deuda soberana y el riesgo de que, si no se rescataba a las entidades o Estados más débiles -Grecia, Portugal, Irlanda, España o Chipre- su caída arrastraría a toda la eurozona. En 2012, con el euro al borde del colapso, se acordó la anhelada Unión Bancaria, con un mecanismo único de resolución y otro de supervisión de la banca en manos del Banco Central Europeo, al tiempo que se creó un fondo permanente de rescate para los diecinueve que ya se habían incorporado a la moneda única. "En aquel momento los Jefes de Estado estaban entre la espada y la pared y sabían que no les quedaba más que tomar una decisión fundamental para estabilizar la situación. Y gracias a eso se estabilizó", recuerda Wolff. El ya célebre "haré lo que sea necesario para salvar el euro y será suficiente" del presidente del BCE, Mario Draghi, acabó de tranquilizar a los mercados. Hoy, con la divisa fuerte, ha desaparecido la presión inmediata y con ella el impulso integrador.

El sistema de garantía de depósitos europeo que debe completar la Unión Bancaria está estancado, las capitales rechazaron la propuesta de Bruselas para una posición fiscal agregada en la eurozona, y la política monetaria expansiva sigue soportando la carga de la recuperación a falta de una unión fiscal. "Hoy hay un progreso gradual y no creo que vaya a producirse un salto de la noche a la mañana. Pero soy optimista en cuanto a que las presiones externas, como la de Trump, permitan tener posiciones europeas más unificadas", apunta Wolff, para quien el presidente americano y otros actores "meterán el dedo en las yagas" europeas.

Hace solo unos días Ted Mulloch, candidato a embajador de EEUU ante la UE, vaticinaba que al euro le quedaban 18 meses de vida, augurio poco novedoso al que el comisario europeo de Asuntos Económicos, Pierre Moscovici, respondía que la divisa no colapsaría "en 10 ni en 20 años", advirtiendo de que "no es útil tratar de dividir a los europeos".

La construcción de una ciudadanía europea

El Tratado introdujo en la legislación comunitaria la ciudadanía europea, una noción integradora que un cuarto de siglo después atraviesa sus horas más bajas en tiempos de creciente euroescepticismo y xenofobia en parte de la UE y sus socios históricos. 

El Gobierno español, entonces encabezado por el socialista Felipe González, fue a la cumbre de Maastricht con objetivos claros y uno de ellos era el de la ciudadanía. Para España, la llamada "cohesión económica y social" debería ser un bloque conjunto: creación del euro y prosperidad, se entendía, pero también también una ciudadanía común que la arropase. Madrid esperaba que la ciudadanía fuese una cuestión "jurídicamente vinculante, y no sólo políticamente", aunque existía el convencimiento de que el resultado estaría por debajo de los deseos españoles, según reconoció el entonces secretario de Estado para las Relaciones con las Comunidades Europeas, Carlos Westendorp. 

Aquel texto, conocido oficialmente como Tratado de la Unión Europea (TUE), garantizó que todos los nacionales de Estados miembros de la UE veían reconocido su estatus de ciudadanos europeos.

Supuso un cambio en la hoja de ruta de la UE, hasta entonces llamada Comunidad Económica Europea, que añadió una dimensión política a la naturaleza económica que la vio nacer y crecer.

El TUE reafirmó el derecho de los ciudadanos de la Unión Europea a "circular y residir libremente en el territorio de los Estados miembros" y a gozar de protección diplomática en aquellas naciones en las que su país de origen no tuviera delegación.

Reforzó, además, las competencias del Parlamento Europeo (PE) para convertirlo en el pilar encargado del control político del Ejecutivo comunitario y permitió que los ciudadanos europeos pudieran elegir y ser elegidos en los comicios municipales del país de la UE en el que residan, aunque no sea el suyo.

Maastricht, que entró en vigor en 1993 y fue modificado después por los Tratados de Ámsterdam (1997), Niza (2001) y Lisboa (2009), fue "el punto de partida" y "lo cambió todo", porque "facilitó enormemente la integración", explica a Efe la doctora Teresa Pullano, profesora de Estudios Europeos en la Universidad de Basilea (Suiza).

"En el momento en que volvamos hacia atrás en esos derechos, vemos el impacto que tienen", comenta Pullano, que incide sobre la inminente salida del Reino Unido de la UE y la incertidumbre que genera para los ciudadanos europeos residentes en ese país y los británicos afincados en los Veintisiete.

La ciudadanía europea emana de la condición de nacional de un Estado miembro, lo que explica que ante la expectativa del "brexit" en 2016 hubo 64.966 británicos que solicitaron y obtuvieron la nacionalidad irlandesa, alegando que sus antepasados provenían de ese país. Supone un 41 % más que el año anterior y a ellos se sumaron otros 67.972 norirlandeses, un 27 % más.

Aunque poco o nada se sabe con certeza sobre el futuro de los residentes europeos en el Reino Unido y viceversa, hay eurodiputados como el socialista español Ramón Jáuregui que piden que la UE exija el reconocimiento de la  plenitud de los derechos de sus ciudadanos en Reino Unido "por retroactividad", y lo mismo a la inversa.

"Los ciudadanos tienen que pagar lo menos posible por una decisión políticamente grave", apunta Jáuregui.

Pero más allá del "brexit", y del golpe de timón que está dando Donald Trump a la política exterior estadounidense -que el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, ha calificado como una "amenaza exterior" para la UE comparable a China, Rusia, las crisis en Oriente Medio o el islam radical- hay otros países de la Unión donde el euroescepticismo suma más adeptos que nunca.

Actualmente en los países de la Unión Europea "hay un debate público racista (...) que explotan partidos conservadores y xenófobos como el Frente Nacional francés", agrega Pullano, que no descarta que se genere un efecto "bola de nieve" a partir de las elecciones holandesas, las primeras de un año plagado de citas electorales mayores.

La política de seguridad y defensa de la UE busca un nuevo impulso

El entonces presidente del Gobierno español Felipe González en la cumbre de Maastricht
El panorama geopolítico y nuevas formas de amenazas han llevado a la Unión Europea a plantear una revolución en su Política Exterior y de Seguridad Común, que ha tenido poca evolución desde que fue creada hace 25 años.

La PESC, rebautizada Política de Seguridad y Defensa Común (PSDC) con el Tratado de Lisboa en 2009, nació con "gran optimismo" sobre el futuro de la integración europea en un momento de grandes desafíos en seguridad con el desmembramiento de la antigua Yugoslavia, dijo a Efe la responsable para Europa del German Marshall Fund de los Estados Unidos, Rosa Balfour.
"Originalmente se pretendía estimular el desarrollo de una política de defensa común", indicó la experta, quien destacó que el Tratado elevó de "eventual" a "progresiva" la creación de un marco común de política de Defensa.

A pesar de que la idea de una Defensa europea está latente desde los años cincuenta, su materialización ha sido complicada a causa de los recelos de los países a ceder soberanía nacional.
Maastricht fue el "último verdadero gran salto" para la integración europea, aunque en realidad sus Estados miembros, sólo doce en ese momento, "no estaban preparados" para acordar una genuina política común de Defensa, dijo por su parte la directora en Bruselas del centro de estudios Bertelsmann Stiftung, Stefani Weiss.

Aunque con Maastricht la Comisión Europea ganó algunas competencias en exteriores y tiempo después incluso se creó un servicio diplomático de la UE, la PSDC "ha sido en todos estos años una política intergubernamental decidida por los Estados miembros", dijo a Efe Weiss.

"Y es una política que se decide votando por unanimidad en el Consejo de la UE. Por eso la UE no tiene un ministro de Exteriores, sino una alta representante que intenta cuadrar el círculo tratando de acomodar a los 28 países y a la Comisión", apuntó.

El Reino Unido siempre ha acaparado miradas por frenar el desarrollo de esa política, pero "la mayor cooperación en defensa ha venido de las dos mayores potencias militares europeas: el Reino Unido y Francia", reconoció Belfour.

En los últimos años, en cambio, la ambigüedad del Reino Unido hacia la UE, que ha llegado a su punto álgido con el "brexit", ha llevado a que Francia haya buscado mayor colaboración con Alemania.

Así, la PSDC no ha alcanzado tanto el "progresivo" empuje que se le auguraba aunque sí ha "evolucionado considerablemente", según la experta.

"Una cosa es reunir misiones para intervenir en otro lugar y otra muy distinta es construir una defensa común", comentó en referencia al envío de misiones al exterior para el control de fronteras, formación policial o cooperación civil, junto a operaciones militares con mandatos limitados.

Pero desde Maastricht la UE se enfrenta a nuevos retos de seguridad como una Rusia más asertiva, las aspiraciones de China de convertirse en una súper potencia o la política de "América, primero" del presidente estadounidense, Donald Trump.

Ahora, además, la marcha del Reino Unido de la UE plantea interrogantes sobre las capacidades del resto de Estados miembros.

En opinión de Belfour, el compromiso de gastar el 2 % de su PIB en defensa que han adquirido los países que pertenecen a la OTAN y "el impacto de la victoria de Trump sobre el sentimiento europeo de inseguridad, especialmente frente a Rusia", pueden "persuadir a los países para incrementar sus presupuestos de defensa".

Para Weiss no está claro hasta qué punto la elección de Trump, el "brexit" o el deterioro de la seguridad en la vecindad puede motivar a los europeos para potenciar su defensa común, o si la UE saldrá reforzada de una nueva crisis.

Por Laura Pérez-Cejuela, Javier Albisu y Rosa Jímenez, con EuroEFE

Para saber más:

El Tratado de la Unión Europea

El mecanismo europeo de estabilidad

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