16 de septiembre de 2019
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Un viejo fantasma recorre Europa con renovados y diversos planteamientos

 El ministro del Interior italiano, viceprimer ministro y líder del partido italiano 'Lega' (Liga), Matteo Salvini (C), con Marine Le Pen, líder del Frente Nacional Francés y político holandés de extrema derecha Geert Wilders (L) del partido PVV Asista a un mitin con líderes de otros partidos nacionalistas europeos, antes de las elecciones parlamentarias europeas del 23 al 26 de mayo, en la plaza del Duomo en Milán, Italia, el 18 de mayo de 2019. EFE / EPA / MATTEO BAZZI 
 

El ministro del Interior italiano, viceprimer ministro y líder del partido italiano 'Lega' (Liga), Matteo Salvini (C), con Marine Le Pen, líder del Frente Nacional Francés y político holandés de extrema derecha Geert Wilders (L) del partido PVV Asista a un mitin con líderes de otros partidos nacionalistas europeos, antes de las elecciones parlamentarias europeas del 23 al 26 de mayo, en la plaza del Duomo en Milán, Italia, el 18 de mayo de 2019. EFE / EPA / MATTEO BAZZI  

Madrid (EuroEFE).-  En 1848, Carlos Marx comenzaba su “Manifiesto comunista” con la frase “Un fantasma recorre Europa”. Hoy, esto se podría extrapolar a la extrema derecha, que se expande por el continente y que, aunque pueda parecer paradójico, no presenta un rostro uniforme, pero sí rasgos comunes.

 Las elecciones al Parlamento Europeo, que se celebran entre el 23 y el 26 de mayo, van a servir para calibrar la pujanza real de estas formaciones que ya están en el gobierno en algunos países de Europa (Italia y Polonia); que son la principal fuerza de oposición en otros (Finlandia, Holanda); que son un contrapoder en algunos (Francia) o que acaban de llegar a la política, y con ímpetu (España). Sin olvidar el caso de Austria, donde hasta el pasado día 18 el partido conservador OEVP formaba una coalición de gobierno con el ultranacionalista FPÖ, que se rompió tras descubrirse un presunto escándalo de corrupción en el que estaba implicado el líder de este partido y vicecanciller federal austríaco, Heinz-Christian Strache. 

¿Extrema derecha o extremas derechas; derecha radical o derechas radicales? 

En este sentido, los politólogos consideran que el concepto “extrema derecha” se ha quedado, si no obsoleto, sí al menos superado por la propia circunstancia histórica. La taxonomía expresada por autores clásicos, como los sociólogos franceses Eugéne Weber y René Remond, ha echado unas raíces teóricas tan profundas que, sin embargo, si nos atuviéramos estrictamente a seguirla, nos impediría avanzar en otros conceptos, en nuevos aspectos que en su momento no fueron considerados, quizá porque estaban implícitos y no hacía falta explicitarlos o, tal vez, porque las derechas estudiadas por esos autores tenían un componente ideológico e incluso filosófico mucho más rico y denso que las actuales.

De hecho, cuando Weber estableció su conocida clasificación de las tres “R” (reaccionaria, radical y de resistencia) para estudiar a las derechas estaba pensando en movimientos estáticos que habían surgido como respuesta a hechos concretos y se habían dotado de una arquitectura ideológica y filosófica muy sólida, de tal modo que ese estatismo servía también como un ideario con afán de pervivencia. Hoy, la situación es otra y, como señala la profesora Caterina Froio, del Centro de Estudios Europeos y Políticas Comparadas del Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences Po), hay que partir de un concepto primario, el “extremismo de derecha” y sus “formas contemporáneas” de materializarlo para comprenderlo mejor.

En declaraciones a Efe, la profesora Froio afirma que “en la extrema derecha existen formaciones diferentes que, a su vez, comparten rasgos comunes. Por una parte, hay grupos de ‘derecha extrema’, abiertamente nostálgicos del nazismo o del fascismo históricos, como por ejemplo CasaPound en Italia, o Aurora Dorada en Grecia”, que “son hoy una minoría y se quedan al margen de los sistemas políticos” (salvo el caso de los griegos) “o no participan en las elecciones o su apoyo en las urnas es muy limitado”.

“Por otra parte -sostiene- nos encontramos con grupos que podríamos definir como ‘radicales de derecha’. Son formaciones que (al menos oficialmente) han pasado la página del fascismo y del nazismo históricos pero que se mantienen hostiles a los derechos de las minorías (especialmente las étnicas y religiosas)”. Estas formaciones -entre las que podríamos citar a Agrupación Nacional (exFrente Nacional) en Francia, Liga en Italia, Fidesz en Hungría (que, por cierto, sigue perteneciendo pese a todas las polémicas al Partido Popular Europeo, aunque actualmente está suspendido), el FPÖ en Austria o el PVV en Holanda, “participan regularmente en las elecciones con un apoyo cada vez más importante.” 

Derecha identitaria, derecha etnoceéntrica e "iliberalismo"

En declaraciones a Efe, Pedro Carlos González Cuevas, profesor de Historia de las Ideas Políticas en la UNED y estudioso de la historia del pensamiento conservador en España, afirma que “el concepto que mejor describe el contenido del proyecto de estos nuevos grupos es el de ‘derecha identitaria’, ya que su interés se centra en la defensa de la identidad nacional de sus respectivos países, cuestionada tanto por el proceso de globalización y el modelo de construcción europea como por la emigración masiva, sobre todo de raíz musulmana”.

Estos grupos -sostiene González Cuevas- manifiestan “una posición nacionalista, que se traduce en la recuperación del poder de decisión de los estados nacionales; plantean la transformación de la Unión Europa en una confederación de naciones; son proteccionistas desde el punto de vista económico, priorizando el mercado interior para que los empleos que se generen los ocupen los nacionales; rechazan el multiculturalismo, como destructor de la cultura europea; se muestran partidarios del control de la emigración e incluso de cerrar las fronteras”.

Por el contrario, la profesora Froio prefiere hablar de “etnocentrismo” y no de “identitarismo” porque “este último es un término propuesto por estas mismas formaciones y cuya significación se queda ambigua. El etnocentrismo (que algunos llaman también ‘nativismo’) tiene una visión del mundo que sostiene que los estados deberían ser habitados exclusivamente por miembros del grupo autóctono (la nación) mientras que los otros (personas o ideas) serían fundamentalmente amenazadores para la homogeneidad del estado-nación.”

Obviamente, junto a ambos conceptos cabe situar uno más, de relativamente nuevo cuño, el “iliberalismo”, del que se hacen eco, entre otros, analistas y politólogos como el alemán Yascha Mounk, en su libro “El pueblo contra la democracia. Por qué nuestra libertad está en peligro y cómo salvarla” (Paidós).

De acuerdo con la interpretación de Mounk, entenderíamos por “iliberalismo” una suerte de criterio político por el cual se trata de defender la existencia de un liderazgo fuerte y “honrado”, que, sin dejar de ser nominalmente demócrata (o incluso creyendo de buena fe que lo es) “no tenga reparos en abolir cualquier obstáculo institucional que le impida llevar a cabo la voluntad del pueblo”.

Obviamente, y quizá con un punto de refinada ironía, Mounk señala que “los populistas son hondamente democráticos. Creen mucho más fervientemente que los políticos tradicionales que el ‘demos’ debe mandar. Pero también son acérrimos ‘iliberales’; a diferencia de los políticos tradicionales, ellos no tienen reparo en proclamar que ninguna institución independiente y ningún derecho individual debería amortiguar la voz del pueblo.”

A juicio de Mounk, el más claro ejemplo de “iliberalismo”, lo encontramos en el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, quien cuando llegó al poder, en 2010, comenzó a hacer suyas las reivindicaciones de un gran número de sus compatriotas (justamente los que le votaron de manera abrumadora en aquellos comicios), que entendían que no estaban disfrutando (o, si acaso, de un modo muy exiguo) del crecimiento económico del país y, al mismo tiempo, veían amenazada su identidad  “por la posibilidad (que no la realidad) de una inmigración en masa”. Todo ello aliñado con diversos escándalos de corrupción que sacudieron al anterior ejecutivo de centroizquierda.

Con estos mimbres, afirma Mounk, y con lo que parecía un apoyo popular incontestable, Orbán dio la vuelta a las estructuras de su país. Nombró a seguidores leales para dirigir “los canales de televisión estatales, la Junta Electoral Central y hasta el Tribunal Constitucional húngaro. Cambió el sistema electoral para beneficiarse a sí mismo, hizo a un lado a grandes compañías extranjeras para canalizar dinero hacia empresarios amigos, instituyó regulaciones muy restrictivas sobre las ONG y trató de cerrar la Universidad Centroeuropea”, creada por el magnate de origen húngaro George Soros.

En definitiva, Hungría, de iure, sigue siendo un país democrático, con instituciones naturales en un estado de derecho y libertades nominalmente consagradas. Otra cuestión es que, de facto, la actual estructura de esos organismos ofrezca serias dudas relativas a lo que se entendería como un sistema de equilibrio y separación de poderes.

Uno de los grandes exponentes de la Sociología clásica, el italiano Vilfredo Pareto, analizó la sociedad como una estructura jerarquizada, en cuya cúspide se encuentra una élite más o menos amplia y tan dinámica como flexible.

En uno de los parágrafos de la que quizá es su obra fundamental, el “Tratado de Sociología General”, Pareto afirma que “no se debe confundir el estado de derecho con el estado de hecho; solo, o casi, este último importa para el equilibrio social.”

Quizá este axioma, traducido a un lenguaje comprensible y contemporáneo, mueva a buena parte de estas formaciones. El fin justifica los medios, siempre que esos medios no distorsionen el cuadro de referencia ni impidan alcanzar el objetivo deseado. Ya no de modo violento, ni escenográficamente antidemocrático.

Lo importante es conseguir lo que se pretende mientras que, en apariencia, las estructuras de fondo permanecen sin cambios, aunque en sustancia hayan variado de manera radical.

 ¿Hacia dónde va la extrema derecha? La idea de Steve Bannon frente a la idea “europeista” de una cierta derecha radical

Una análisis somero de las diversas fuerzas nacional-populistas, “identitaristas”, “nativistas” o, en definitiva de extrema derecha, nos muestra con bastante claridad que no están regidas por un principio claro de unidad, sino que, por el contrario, hay dos tendencias bastante evidentes en ellas.

La derecha nacional y cristiana. “Europeístas por aglomeración”

Por un lado, nos encontramos con una derecha nacional, ultraconservadora, muy impregnada de valores religiosos, que defiende la idea primordial del respeto a los valores nacionales y culturales de cada país de la UE como elemento aglutinante de la totalidad de Europa. Podríamos decir que es una “derecha cristiana” pero que no abomina de la UE, entre otras razones porque considera que esta es el mejor freno a la expansión de Rusia en el continente europeo. No quieren una Europa gobernada por burócratas desde Bruselas que cercenen la soberanía y la identidad de las naciones, pero sí abogan por una Europa “nacional”, en la que cada estado sea dueño de su propio destino y la suma de todos ellos constituya un proyecto común. Su ideario para Europa quizá se podría basar y definir en una “suma de aspiraciones nacionales” con un interés común. No pretenden acabar con la construcción europea, según dicen, pero sí abogan por una modificación radical de la actual Unión Europea en favor de una conjunción de realidades nacionales con ideas básicas comunes. Podríamos denominarlos “europeístas por aglomeración” y un buen ejemplo de ello, sería el partido polaco “Ley y Justicia” (PiS), cuyas señas de identidad son la defensa de la identidad nacional cristiana de Polonia (religión y nación como elementos primigenios del orden político) y de la consideración de este país como bastión de primera línea contra las ambiciones expansionistas rusas. Sería el suyo un “euroescepticismo light”, de acuerdo con la interpretación que hace el investigador de la Universidad Complutense de Madrid Guillermo Eugenio Fernández Vázquez.

En declaraciones a Efe, un portavoz de PiS afirmaba recientemente que este es “un partido patriótico, que defiende los intereses nacionales de Polonia, los valores cristianos y la familia”, sin querer entrar en otro tipo de debates ideológicos

Al mismo tiempo, el portavoz de PiS destacaba el compromiso de esta formación con Europa y rechazaba la etiqueta de euroescéptico.

 “Nuestro partido no es euroescéptico, y siempre hemos apostado por la Unión Europea y la OTAN. Nosotros no queremos una UE configurada como un superestado centralizado, sino que nuestra idea de Europa se basa en la solidaridad, respeta la soberanía de las naciones que la integran, se evita que los países grandes tengan demasiado peso (especialmente el jefe franco-alemán) y se limita la burocracia en Bruselas”, afirmó el citado portavoz de PiS.

Junto a Ley y Justicia podríamos situar en el mismo plano a Vox, aunque este partido todavía es un individuo político inmaduro y requiere de más tiempo para poder examinarlo de un modo más preciso.

No obstante, sí parece claro que Vox tiene mucho en común con PiS cuando en el preámbulo de su programa para los comicios al Parlamento Europeo se indica: “Creemos en Europa porque somos Europa (…) pero la fortaleza de Europa se halla en la libertad de sus naciones y en la riqueza de las culturas que la conforman. Todo cuanto amenaza la diversidad cultural y la libertad política de los estados miembros, es enemigo de Europa.”

“Europa es el resultado de una fusión armónica entre el pensamiento griego, el derecho romano y la espiritualidad cristiana (…). Europa es la Civilización, que se enriquece y se engrandece en la diversidad de sus culturas y la diversidad de sus naciones”, se indica en el mismo documento.

La derecha puramente euroescéptica. Los “agnósticos del europeísmo”

Por otro lado, existe una extrema derecha mucho más (o totalmente) euroescéptica, cuyos máximos exponentes serían la Liga y Agrupación Nacional, así como Alternativa para Alemania o Verdaderos Finlandeses, Demócratas Suecos y el Partido Popular Danés, que consideran que la idea de la UE, en sí misma y tal y como funciona en la actualidad, no es positiva y ni siquiera es viable en términos políticos y económicos. Sostienen que Europa debe ser una suma de naciones, o incluso de “estados-nación”, con unos vínculos fuertes (en lo que tienen o tendrían de defensa del interés común) pero muy limitados en lo relativo a cualquier tipo de acción más allá de la defensa de las fronteras exteriores, los derechos nacionales y un mercado común meramente dedicado a las transacciones de bienes y servicios. Podríamos denominarlos “pseudoeuropeístas” o “agnósticos del europeísmo”.

El pasado 18 de mayo, y convocados por el líder de la Liga, el vicepresidente del Gobierno y ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, los dirigentes de once formaciones ultraderechistas europeas participaron en un mitin en la Plaza del Duomo de Milán, en donde no cesaron de escucharse las críticas a la actual gobernanza de la UE, combinadas con constantes llamamientos al patriotismo, como idea motriz para impulsar un cambio radical en Europa, basado esencialmente en frenar la inmigración y acabar con la burocracia de Bruselas, que, a juicio de estas formaciones, ha alimentado las peores consecuencias, como la especulación y el desempleo.   

"No queremos esa oligarquía sin raíces y sin alma que nos dirige con la ambición de querer la sumisión de nuestras naciones", manifestó la líder de Agrupación Nacional, Marine Le Pen, mientras que el máximo dirigente del PVV holandés, Geert Wilders, afirmaba: “No nos podemos fiar de la élite política (de Europa). Quieren imponer sus leyes. Quieren inundar nuestros países con más inmigrantes y esto no podemos permitirlo. Tenemos que limitar la inmigración. Tenemos que parar la islamización",

“Aquí no está la ultraderecha sino la política del sentido común. Los extremistas son los que han gobernado Europa en los últimos 20 años", afirmó Salvini, quien incidió en que “los extremistas son los de la especulación y el desempleo; los que han tratado de explicarnos que no había alternativa a la precariedad (...). Si hacéis que seamos el primer partido en Europa, la política antimigratoria la llevamos a toda Europa y aquí no entra ni uno más".

La Liga reaviva la vieja dicotomía italiana norte-sur. Cuando se fundó el partido -primero como Liga Lombarda y más tarde como Liga Norte- esa dicotomía era en un sentido entre criptoseparatista y rupturista de la unidad nacional italiana; luego pasó por un turbio federalismo y ahora, ya en el poder, se ha  reconvertido en una suerte de nacionalismo, de italianismo sobrevenido, septentrional, más cercano a sus colegas de Alemania o Austria, que a sus compatriotas de Sicilia o Campania.

Una aspiración común de la ultraderecha: Hacia una Unión Europea “nacional” e “identitaria”

En todo caso, y como recalcó Fernández Vázquez en declaraciones a Efe, “estos partidos no tienen en general un gran problema con la idea de un mercado común, pero sí con la inmigración y la cuestión de las identidades nacionales y su (supuesta) disolución.”

“Es preciso anotar que incluso los partidos de la derecha más decididamente crítica con la UE ya no hablan directamente de la salida de la Unión. (…). Ahora el proyecto de la mayoría de estos partidos (…) es lograr una mayoría suficiente en el Parlamento Europeo para transformar la UE desde dentro. (…)”, afirma el investigador.

“Básicamente en lo que están de acuerdo todos es que, por un lado, hay que transformar la Comisión Europea para que no tenga tanto poder sobre los gobiernos nacionales, y, por otro lado, hay que reforzar las fronteras exteriores de la UE para dificultar al máximo la inmigración proveniente de otros continentes. Es decir, se trata de devolver soberanía y competencias a los estados nacionales y al mismo tiempo reforzar las fronteras”, recalca.

Steve Bannon, el (presunto) demiurgo del euroescepticismo

Y en este contexto es donde entra en escena un personaje como el estadounidense Steve Bannon, periodista, banquero, sedicente politólogo, activista del antieuropeísmo, jefe de campaña de Donald Trump en las presidenciales de 2016 que le catapultaron a la Casa Blanca, efímero asesor presidencial, amigo de Putin…alguien, en definitiva, muy interesante como objeto de análisis por la influencia (quizás más supuesta que real) que estaría ejerciendo en ciertas fuerzas de la extrema derecha europea.

El proyecto de Bannon, canalizado a través de su criatura sociopolítica “The Movement” y del conglomerado digital “The Breitbart”, pasa por aglutinar al mayor número de fuerzas euroescépticas europeas para dinamitar la UE desde dentro. Bannon, que, pese a todas sus diferencias con su antiguo jefe, sigue siendo un paladín del trumpismo más desaforado, tiene la idea, casi la obsesión, de que las fuerzas de extrema derecha formen un “supergrupo” en el Parlamento Europeo, de tal modo que actúen como un frente común que sea auténticamente homogéneo y tenga una fuerza real para contrarrestar las propuestas de la Comisión y de los grupos “clásicos” y europeístas de la Eurocámara -populares, socialdemócratas y liberales- para terminar minando las estructuras profundas comunitarias y hacer de la UE un ente invertebrado, una suma de desuniones, de estados arriscados con los que Estados Unidos (y también, no conviene olvidarlo, Rusia) puedan pactar, negociar y gestionar acuerdos. En definitiva, para Bannon (y también para Trump, obviamente), la Europa soñada es la Europa del “bréxit”, pero a mucha mayor escala: una suma de estados debilitados con los que poder negociar en ventajosos términos para una de las partes.

No obstante, según se indica en un reciente estudio publicado por el analista Esteban Hernández en el digital “Magazine”, el experimento, al menos por ahora, no le está saliendo demasiado bien al polifacético activista estadounidense, quien solo ha conseguido el apoyo de la Liga, Agrupación Nacional, el supereurófobo británico Nigel Farage y varios partidos minoritarios, como Hermanos de Italia, pues -apunta- “Orbán prefiere permanecer en el Partido Popular Europeo” (aunque suspendido), “y la derecha del Este y del norte de Europa le ve demasiado prorruso”.

¿Temores infundados o inquietud real después del 26 de mayo?

Lo primero que habría que saber es quién o qué puede sentir temor o inquietud; ¿la UE, la Comisión, las estructuras burocráticas de Bruselas, los ciudadanos…?

En principio, el hecho incuestionable es que estas fuerzas, según indican las encuestas, van a obtener un resultado notable en los comicios, pero quizá no lo suficientemente importante como para frenar la marcha actual de la UE, o bien para forzar un cambio de dirección.

Sin duda, cualquier resultado que suponga colocar a la extrema derecha en el tercer lugar del Parlamento Europeo (por delante de los liberales) sería un gran éxito para esta y un fracaso para los partidos convencionales. Un resultado semejante debería ser una llamada de atención y una señal de alarma ante un fenómeno político cuyo protagonismo es cada vez mayor. Si la extrema derecha se afianza en la Eurocámara -ya sea unida en un solo grupo o separada en dos o tres-, tendrá por delante cinco años para incrementar su presencia en los estados miembros; para seguir ejerciendo su política “nacional” y para seguir incrementando su influencia.

Si las fuerzas democráticas clásicas no logran -por inacción o por falta de criterios claros- despegarse del todo de los radicalismos de cualquier signo, estos tienen una oportunidad de oro para afianzarse y seguir creciendo.

Si en este próximo quinquenio aumenta el número de fuerzas de extrema derecha en el poder en los estados europeos (ya sea en solitario o, como es más probable, en coalición con partidos democráticos clásicos), su proyecto de debilitar la UE, de reconvertirla en otra cosa completamente distinta, de “nacionalizarla” en lugar de “europeizarla” se habrá consumado.

Como hace casi 50 años escribió el sociólogo español Juan José Linz, Premio Príncipe de Asturias 1987, en su libro “La quiebra de las democracias”: “La incapacidad de las fuerzas que apoyan al régimen para encontrar soluciones a problemas acuciantes cuando se encuentran con oposiciones desleales (…) se refleja en la inestabilidad gubernamental y las dificultades crecientes para formar coaliciones, en el fraccionamiento (…) de los partidos y en movimientos del electorado hacia los extremos.” EFE

Por Fernando Prieto Arellano (edición: Catalina Guerrero)

Para saber más: 

► La ultraderecha europea saca pecho en Milán con Salvini como líder

 ¿Quién es Viktor Orbán y qué importa que esté dentro o fuera del PPE?

 

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