17 de junio de 2019
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Donbás, la guerra olvidada en Europa

 Casas destruidas por la guerra en Semiónovka, pequeña localidad ucraniana escenario de una de las primeras batallas de la guerra de Donbás. Bombardeos diarios, cazas de zinc, corredores humanitarios, campos de minas y odio, mucho odio. El conflicto del Donbás tiene todos los ingredientes de una guerra fratricida, pero el resto del mundo mira para otro lado. Sin hidrocarburos de por medio, las hostilidades en el este de Ucrania son vistas casi como rencillas entre vecinos. EFE/Ignacio Ortega.

Casas destruidas por la guerra en Semiónovka, pequeña localidad ucraniana escenario de una de las primeras batallas de la guerra de Donbás. Bombardeos diarios, cazas de zinc, corredores humanitarios, campos de minas y odio, mucho odio. El conflicto del Donbás tiene todos los ingredientes de una guerra fratricida, pero el resto del mundo mira para otro lado. Sin hidrocarburos de por medio, las hostilidades en el este de Ucrania son vistas casi como rencillas entre vecinos. EFE/Ignacio Ortega.

Slaviansk (Ucrania) (EuroEFE).- Bombardeos diarios, cazas de zinc, corredores humanitarios, campos de minas y odio, mucho odio. El conflicto del Donbás tiene todos los ingredientes de una guerra fratricida, pero el resto del mundo mira para otro lado. Sin hidrocarburos de por medio, las hostilidades en el este de Ucrania son vistas casi como rencillas entre vecinos. 

Cada vez son menos los políticos occidentales que sacan a la luz el sufrimiento de millones de ucranianos que lo han perdido todo: sus familias, sus propiedades, su país, su libertad. Los acuerdos de paz de Minsk se firmaron en febrero de 2015, pero ninguno de los bandos ha cumplido con su parte. El resultado son más de 10.000 muertos, entre soldados del Ejército ucraniano, milicianos prorrusos y civiles, según la ONU. 

El apagón informativo es cada vez mayor. El hartazgo se ha extendido a la opinión pública internacional, más preocupada por otras cuestiones. Mientras, los horrores del Donbás se han convertido en un lugar común para los ucranianos, que empiezan a entender que sólo podrán salir del infierno en el que se han metido por sus propios medios. 

El Donbás, que recibe su nombre de la cuenca del río Donets en el este de Ucrania y adquirió fama mundial por sus ricos yacimientos hulleros, incluye a las regiones de Donetsk y Lugansk, ambas limítrofes con Rusia. La guerra ha partido en ambas regiones, una mitad controlada por los separatistas prorrusos y la otra bajo dominio del Ejército ucraniano. Los Acuerdos de Minsk de febrero de 2015 estabilizaron el frente y trazaron una línea de separación de fuerzas entre ambos bandos. La guerra a gran escala cesó entonces, pero las hostilidades y escaramuzas son constantes. 

Slaviansk, el corazón de la sublevación 

"Gracias por acordaros de nosotros", grita uno de los policías apostados a la entrada de la comisaría de Slaviansk, región de Donetsk, donde el 12 de abril de 2014 estalló la sublevación prorrusa. Los residentes del Donbás tienen la impresión de que el mundo se ha olvidado de ellos y temen que la guerra se convierta en un conflicto congelado, sin vencedores ni vencidos. 

No es causalidad que el retirado oficial ruso Ígor Strelkov, líder de la rebelión prorrusa, eligiera Slaviansk como centro de operaciones. "Recibimos el apoyo total de la población. El 90 % de los habitantes de Slaviansk querían unirse a Rusia y, además, todos hablaban en ruso, no en ucraniano", comenta a Efe. Slaviansk está orgullosa de su pasado, estrechamente vinculado con el imperio ruso desde su fundación a finales del siglo XVII. 

El Ejército ucraniano intenta ganar adeptos en las zonas de Donetsk y Lugansk bajo su control, como Slaviansk, pero las heridas de la guerra aún supuran y las huellas de la destrucción son latentes. Cinco años después, la pequeña localidad de Semiónovka, escenario de una de las primeras batallas de la guerra, recuerda a Dresde después del bombardeo aliado de 1945, o a Grozni tras la ofensiva rusa contra Chechenia en 1994. 

No hay un alma en sus calles. Los escombros de lo que antaño era un hospital y las viviendas de la zona son ahora hogar de ratas y alimañas. Todas las paredes están agujereadas por balas de ametralladora de grueso calibre. Ningún tejado aguantó el incesante bombardeo con mortero. Las únicas señales de vida son dos viviendas reconstruidas por vecinos con cara de pocos amigos y una nueva clínica para niños con deficiencia. 

"Aquí no hay futuro", señala Misha, un veinteañero que antes trabajaba para los ferrocarriles y que cuenta que la mitad de sus compañeros de clase emigraron a la vecina Rusia. A la entrada del pueblo hay un memorial, pero está dedicado exclusivamente a la media docena de militares ucranianos caídos en los combates en Semiónovka. Nadie se atreve a profanarlo, pero son muchos los que no entienden por qué no hay un monumento a los civiles muertos. Lo que ellos ven como una conflicto civil contra la opresión del Gobierno nacionalista, en Kiev lo ven como una guerra contra separatistas apoyados por el jefe del Kremlin, Vladímir Putin. 

"Un amigo mío murió aquí. Y no era un miliciano. Iba por la calle y una bomba lo mató", recuerda Alexandr, un taxista que rebosa rencor hacia Kiev. 

Odio que no cicatriza 

El Gobierno ha llenado la ciudad de carteles en ucraniano, un idioma que casi nadie habla. El ruso es la lengua franca para todos. "Vivimos bajo ocupación", comentan muchos vecinos. En el centro de Slaviansk ha aparecido un iglesia autocéfala, pero todos acuden al templo vinculado con el Patriarcado de Moscú. También ha cambiado el nombre de las ciudades, de "Limán Rojo" a sólo Limán, de Artiomovsk a Bajmut, aunque todo el mundo está apegado a los viejos nombres. "Hasta retiraron la estatua de Lenin de la plaza", insiste Alexandr. 

Tampoco se celebra el 12 de abril, sino el 5 de julio, cuando los soldados ucranianos liberaron la ciudad del yugo ruso. Todos los años, el Ayuntamiento recuerda a los 63 soldados que perdieron la vida en la batalla de Slaviansk. "Con Strelkov se vivía mucho mejor. Fusilaba en el acto a los ladrones y bandidos", contraviene Vasili, un joven oriundo de Slaviansk, sobre los dos meses de control prorruso. 

El miedo atenaza a muchos. Algunos lo tienen porque participaron activamente en la sublevación, cuentan con familiares en el bando separatista o porque estuvieron en Rusia. 

"La situación es pacífica, pero sufrimos las secuelas de la guerra", comenta a Efe Vadim Liaj, alcalde de Slaviansk. Y es que Slaviansk está a apenas cien kilómetros del frente. Reconoce que Kiev "no es muy popular" entre los habitantes de la zona, pero cree que la principal demanda del pueblo no es la independencia, sino la mejora del nivel de vida. "La gente no está contenta porque los frigoríficos están vacíos y no hay nada que comer. Lo que pasa es que cuando en el Donbás se quejan de las altas tarifas, en

Kiev ven la mano de Moscú. La gente se va a Polonia y Rusia no porque se sientan perseguidos o no puedan hablar en ruso, sino porque quieren ganar dinero para mantener a su familia", apunta. 

El corredor de la vida y de la muerte  

En ningún lugar es tan evidente el odio como en Stanitsia Lukanska, el único corredor humanitario en 150 kilómetros de frente en la provincia de Lugansk. Debido a la voladura del puente sobre el río Severski Donets por las milicias prorrusas, que querían evitar una posible incursión con blindados del enemigo, más de 10.000 personas deben recorrer diariamente los cinco kilómetros de corredor para comprar alimentos o cobrar salarios y pensiones. 

La peregrinación incluye a personas de todas las edades y a familias enteras, ya que la escasez es la nota predominante en territorio prorruso debido al bloqueo impuesto por el Gobierno ucraniano sobre este territorio separatista. Es por eso por lo que la promesa que hizo Vladímir Putin de reducir a menos de tres meses la espera para obtener el pasaporte ruso ha animado a muchos, que confían en salir de una vez por todas del círculo vicioso del odio, la guerra y la destrucción. 

Entre todos, quienes peor lo pasan son los jubilados, ya que deben recorrer este paso libre cada dos meses para demostrar que están vivos, de lo contrario no cobrarán su pensión. La caminata es especialmente ardua en invierno, ya que la nieve y las bajas temperaturas lo convierten en una odisea. Algunos pensionistas se ven obligados a contratar a jóvenes porteadores que, a cambio de unas 300 grivnas (unos 12 dólares) les llevan en sillas de ruedas, en trineos o en improvisados carritos de metal. 

"Es una forma honrada de ganarse la vida. No hay nada de qué avergonzarse", asegura Azot, un pequeño oseta de espalda encorvada que empuja un carrito con fruta y legumbres. Le miran un adulto y un joven, que esperan a un par de ancianas para llevarlas de regreso a su casa y cobrar su dinero. 

Los caminantes culpan a Kiev de su sufrimientos. Los comparan con los nazis por bombardear con saña sus casas. Muchos se tapan la cara ante la proximidad de un reportero. Según explica a Efe una portavoz del Ejército ucraniano, los que se cubren son colaboradores de los "sépar" (separatistas, según la jerga militar) o trabajan para la autoproclamada república popular de Lugansk. "¿Es normal que una abuela como yo tenga que andar tantos kilómetros para cobrar su pensión?", lamenta una anciana de 78 años, que se queja de dolor de ciática y cojea ostensiblemente. 

La guerra ha roto vidas y familias, pero alguien debe armarse de valor y de paciencia para recorrer los cinco kilómetros para visitar a sus seres queridos "al otro lado" de la zona de separación de fuerzas. Lo hacen de manera ordenada y sin abandonar el camino, ya que a ambos lados el territorio está minado. Además, los francotiradores prorrusos están apostados al otro lado del puente, por lo que nadie debe hacer movimientos en falso. También han dejado atrás casas y propiedades, por lo que deben visitarlas para evitar que sean desvalijadas. 

Como en todas las guerras, siempre hay algunos que hacen negocio con la escasez. Algunos cruzan al lado controlado por Kiev para adquirir alimentos, productos o equipos electrónicos, cuyo precio en territorio separatista es mucho mayor. También están los porteadores que se ganan la vida haciendo un viaje al día y cargando hasta 75 kilogramos, el máximo permitido por el Ejército para evitar el colapso del puesto fronterizo, ya que cada persona debe mostrar su pasaporte y sus bártulos deben ser registrados minuciosamente. 

Aunque las hostilidades tienen lugar a cientos de kilómetros de distancia, la guerra también se libra en la retaguardia. En Kiev, una pizzería situada en una calle aledaña a la plaza de la Independencia (Maidán) recoge donativos y contribuciones para los soldados que combaten en el frente. En la capital ucraniana cruzarse con gente de uniforme está a la orden del día. 

Con todo, las elecciones presidenciales, en las que el actor Vladímir Zelenski arrasó a Poroshenko con su propuesta de diálogo con Rusia para acallar los cañones en el Donbás, demostraron que los ucranianos no quieren seguir combatiendo y muriendo y que, pese a que muchos consideran a Rusia un Estado agresor, quieren normalizar sus relaciones con Moscú, conscientes de que de ello dependen no sólo la paz, sino el fin del infierno. 

 

 

Por Ignacio Ortega (edición: Catalina Guerrero)

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