17 de agosto de 2017
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¡Es demasiado fácil culpar a Valonia del (posible) fracaso del CETA!

 El primer ministro belga, Charles Michel (i), y el ministro belga de Asuntos Exteriores, Didier Reynders, comparecen en una rueda de prensa tras una reunión de emergencia convocada por Michel para tratar de llegar a un entendimiento sobre la firma del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá (CETA), en Bruselas, el 24 de octubre de 2016. (Foto: EFE/Stephanie Lecocq)

El primer ministro belga, Charles Michel (i), y el ministro belga de Asuntos Exteriores, Didier Reynders, comparecen en una rueda de prensa tras una reunión de emergencia convocada por Michel para tratar de llegar a un entendimiento sobre la firma del acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá (CETA), en Bruselas, el 24 de octubre de 2016. (Foto: EFE/Stephanie Lecocq)

A largo plazo, el posible fracaso del acuerdo comercial entre la Unión Europea (UE) y Canadá (conocido como CETA) es una lección sobre los fallos estructurales de la política comercial del bloque comunitario europeo, según asegura Iana Dreyer, fundadora y experta de Borderlex, medio europeo especializado en política comercial, en una tribuna que publica EurActiv, socio de EuroEFE.

(Las opiniones vertidas en esta tribuna reflejan exclusivamente la posición de su autora y no pueden ser atribuidas a EuroEFE.euractiv.es ni a ninguno de los asociados de la red europea de EurActiv).

La política comercial figura en el corazón mismo de la UE y es inherente a la unión aduanera del bloque y al mercado único europeo. El retorno a la unanimidad en el (proceso) de toma de decisiones de la política comercial, que se ha puesto de relieve por la decisión de adoptar el CETA como un acuerdo "mixto" en julio de este año, podría suponer la sentencia de muerte de la política internacional más poderosa de la UE: la comercial. 

El procedimiento de acuerdo mixto necesita del apoyo unánime de todos los Estados miembros en lugar de la "mayoría de voto cualificada" prevista para las decisiones de recaen bajo la denominada Política Comercial Común (PCC) de la UE.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, lo dejó muy claro la semana pasada, cuando dijo que si no se producía un consenso sobre el CETA en estos días, "el CETA podría ser el último acuerdo de libre comercio de la UE", según aseguró el polaco. 

¿A quién o a qué hay que culpar?

Es demasiado fácil culpar a Valonia (la comunidad francófona belga que ha rechazado el acuerdo). Habría quizás que empezar por culpar a Bélgica. Con la mayor parte de su economía atrasada (a pesar de la necesidad de reformas), Valonia es la parte pobre de la otrora próspera Bélgica, y ha estado gobernada durante décadas por el Partido Socialista (la  causa y efecto de estos dos fenómenos merecería un debate aparte). La población de Bélgica equivale a la del gran París pero tiene siete administraciones, todas con poderes para decidir sobre política interna. Pero la cuestión (sobre el fracaso del CETA) no se circunscribe tanto a Bélgica, sino a otros elementos.   

¡Se trata de los tratados estúpido!

El CETA, en muchos aspectos, pone al desnudo las contradiciones estructurales de los tratados en sí mismos, que apuntalan el funcionamiento de la UE y dejan en evidencia la crisis de los Estados nacionales.

El 2009, el Tratado de Lisboa no creó "más Europa", como dicen tanto partidarios como detractores de ese concepto. Ese tratado institucionalizó el conflicto entre federalismo y nacionalismo (otros hablan de "soberanía nacional") inherente al proyecto europeo desde sus inicios.

El Tratado de Lisboa incrementó notablemente los poderes de la UE para suscribir acuerdos internacionales, incluidas áreas en las cuales no tiene plena competencia legal. Es por ello que se hizo amplio espacio para los acuerdos "mixtos": cuando la UE cierra un acuerdo en el cual los Estados miembros tienen una plena competencia, o comparten poderes con la UE, y los acuerdos internacionales tienen que ser ratificados de manera unánime por todos los 28 socios del bloque.

Los tratados son claros. La Política Comercial Común recae bajo la competencia exclusiva de la UE. Pero qué exactamente recae bajo la PCC es objeto de controversia. La mayor parte de Estados miembros nunca aceptaron que la inversión extranjera directa (IED), o la propiedad intelectual esté bajo la PCC. Pero el artículo 207 del Tratado de Lisboa incluye esos asuntos, que previamente estaban en manos de los Estados miembros.

La Comisión Europea siempre consideró que la política de IED y, en especial, la política de protección de la inversión extranjera ya es una competencia exclusiva de la UE. Alemania, Países Bajos y otros muchos Estados miembros nunca quisieron renunciar a controlar sus numerosos tratados bilaterales de inversión que contienen provisiones para resolución de disputas en diferendos inversor-Estado. La disputa sigue abierta, ya que la UE está en pleno litigio en el asunto de los Tratados de Inversión Bilaterales entre Estados Miembros de la UE (Intra-EU BITs por su denominación en inglés)   

Protección de las inversiones, un tema polémico

Este viejo conflicto sobre protección de la inversión sigue en el centro de la polémica sobre el CETA. Los Estados miembros decidieron que ese aspecto no debería aplicarse de manera provisional, como otros puntos del CETA que recaen directamente bajo la competencia exclusiva de la UE (como los aranceles y otros muchos apartados del acuerdo).    

El Tratado de Lisboa es producto de una fallida "Convención Constitucional" convocada en 2004. Un ambicioso tratado constitucional fue rechazado por franceses y holandeses en sendos referendos nacionales en 2005. Después de esass negativas  los textos fueron revisados a fondo. El resultado fue el Tratado de Lisboa, que ha intentado que todo el mundo se sienta representado: eurófilos, demócratas y nacionalistas.

Con el CETA, la tensión latente en la UE entre las distintas fuerzas que tiran en direcciones opuestas ha alcanzado su punto álgido.

El Parlamento Europeo amplifica el poder de los partidos nacionales

El Tratado de Lisboa dio más poderes a la UE para cerrar tratados internacionales y  brindó poderes de co-decisión al Parlamento Europeo. Conceder esos poderes a la Eurocámara no fue sólo una iniciativa en pro de "más Europa", fue una iniciativa en el sentido de "vamos a democratizar Europa".  Ello quizás brindó más argumentos contra los nacionalistas y los euroescépticos, quienes perdieron la partida para  intentar ostentar en exclusiva la legitimidad democrática.

Los parlamentos y los gobiernos nacionales no tienen mucho que temer del Parlamento Europeo. En la práctica, la Eurocámara amplía el poder de los partidos nacionales dominantes en las distintas capitales. La estrecha colaboración del ministerio alemán de economía capitaneado por el vicecanciller germano, Sigmar Gabriel, y el jefe del comité de comercio en el parlamento (INTA), Bernd Lange, un político socialdemócrata, es buen ejemplo de ello.

Fue su colaboración la que derivó en la renegociación del CETA en 2015, y que se tradujo en cambios en el capítulo de inversiones y en la introducción de un tímido sistema de tribunales para reemplazar el arbitraje privado. 

Su influencia conjunta para lograr gestar la iniciativa de una "declaración interpretativa" con el fin de contentar a la izquierda europea en el tratado CETA - la declaración del ministro-presidente de la comunidad de Valonia, Paul Magnette, está regateando con la Comisión en eso- es un claro ejemplo de la amplificada influencia de los partidos nacionales en la política europea del "post Tratado de Lisboa".  

Torpezas de Berlín y París

Pero está claro que aunque habría que culpar a varios Estados miembros, no todos ellos son responsables de la actual situación. Italia, un firme defensor del CETA, ya anticipó cuál sería el problema y pidió que el acuerdo con Canadá se adoptase como acuerdo sólo-UE en julio pasado (2016).

Son sobre todo Berlín y París quienes han fallado. Ambos quisieron sujetar con una fuerte correa a la Comisión y dar la última palabra a sus países. Lo hicieron así para contentar a los flancos más a la izquierda de los partidos gobernantes (el socialdemócrata SPD controla en Berlín el ministerio de Economía, en París los socialistas están en el poder), como elemento de una corriente general nacionalista y proteccionista en sus políticas.       

No obstante, tanto París como Berlín también apuestan con claridad por el CETA. El gobierno francés llegó incluso a hacer trampas para lograr la aprobación parlamentaria del tratado con Canadá.  

Antes de una votación en un comité sobre el CETA a principios de este mes, cinco diputados socialistas anti-CETA misteriosamente dimitieron de la comisión de Asuntos Europeos y fueron reemplazados por cinco diputados favorables al acuerdo.

Esto contribuyó a garantizar una mayoría para rechazar una moción parlamentaria anti-CETA antes de un viaje del primer ministro galo, Manuel Valls, a Quebec, la semana pasada. Poco después de la votación, los diputados "díscolos" regresaron a sus puestos en esa comisión. No es sorprendente que las empresas públicas galas (con capital estatal completo o parcial) en los sectores del medio ambiente, el transporte y la energía sean los más beneficiados de un (todavía en el aire) CETA.      

Paul Magnette se quejó de "presiones" y "amenazas veladas" después de que fuera convocado a París el pasado 14 de octubre (2016) para hablar con el presidente galo,  François Hollande.

Gabriel, por su parte, fue tan lejos como para ligar su futura carrera política al CETA. Maniobró de manera hábil para mantener contento a su partido, fomentando la "declaración interpretativa" sobre la cual la Comisión sigue litigando con Magnette, y viajando a Canadá para hacerse la foto con el elegante primer ministro del país, Justin Trudeau. 

Si logra salir victorioso, Gabriel podría ser considerado un serio candidato para representar al SPD en las próximas elecciones generales en Alemania. 

Lo que tienen en común los socialdemócratas franceses y alemanes en el poder no son sólo partidos divididos que tienen que recomponer, también es una visión nacional miope a corto plazo. ¿No fueron capaces de ver lo que se avecinaba, especialmente el riesgo de que el CETA sea tumbado? Obviamente no. Por ello (Matthias, Secretario de Estado germano para Comercio Exterior) Fekl y Gabriel están pagando el precio de sus propias estrategias.

Logre o no el CETA salir adelante, tendrá que iniciarse el debate sobre cómo hacer que la adopción de tratados comerciales sea más eficaz. A pesar de que se puede culpar parcialmente a la Comisión por el descarrilamiento del CETA, los Estados miembros miopes y la política de partido tienen todavía más culpa en ello.      

Versión española: Fernando Heller

Para saber más:

El CETA (Comisión Europea)

El Tratado de Lisboa y el comercio en la UE

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