24 de octubre de 2017
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Ramón Luis Valcárcel insta a reaccionar "con vigor ante las críticas al proyecto europeo"

 El vicepresidente del Parlamento Europeo, Ramón Luis Valcárcel, el 7 de marzo de 2017 en una entrevista en la sede central de Efe en Madrid.EFE/Ángel Díaz

El vicepresidente del Parlamento Europeo, Ramón Luis Valcárcel, el 7 de marzo de 2017 en una entrevista en la sede central de Efe en Madrid.EFE/Ángel Díaz

En un discurso ante el Congreso de los Diputados, el vicepresidente del Parlamento Europeo Ramón Luis Valcárcel enumeró algunos de los logros de la UE en estos 60 años de historia y subrayó la importancia de que los europeístas "reaccionen con vigor ante las críticas al proyecto europeo". EuroEFE publica el alegato íntegro a favor de la UE.

Valcárcel pronunció su discurso el 23 de marzo de 2017 ante la Cámara Baja del Parlamento español que celebró el 60º aniversario de la firma de los Tratados de Roma en un acto en el que los parlamentarios repasaron "la historia de éxito" de la Unión Europea (UE), sus logros y los retos para dejar atrás la crisis por la que atraviesa actualmente.   

El acto fue organizado por las oficinas del Parlamento y la Comisión Europea en España y asistieron, entre otros, la presidenta del Congreso, Ana Pastor; el presidente del Senado, Pío García Escudero; el ministro español de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis; el comisario de europeo de Acción por el Clima y la Energía, Miguel Arias Cañete, y el embajador de Itañia en España, Stefano Sannino.

 (Las opiniones vertidas en esta tribuna reflejan exclusivamente la posición de su autora y no pueden ser atribuidas a EuroEFE.euractiv.es ni a ninguno de los asociados de la red europea de EurActiv ni a EFE).

Discurso completo del vicepresidente del Parlamento Europeo, Ramón Luis Valcárcel:

Hoy nos reunimos en el Congreso de los diputados para celebrar los que han sido los mejores sesenta años de la historia de Europa. 

Principales logros

Si miramos hacia atrás, la Unión Europea es sin lugar a dudas la mejor experiencia que se puede narrar en los libros de historia de Europa, con resultados inimaginables en el momento en que se firmó el tratado de Roma.

Ahora estamos acostumbrados a una serie de avances:

- un espacio abierto sin fronteras, donde podemos desplazarnos sin los inconvenientes de antes, sin tener que hacer colas para entrar en Francia o Portugal;

- el mercado único más grande del mundo, con 500 millones de consumidores y con el que las principales economías quieren negociar acuerdos comerciales (por ejemplo, Canadá o Japón);

- el euro, la segunda moneda más fuerte a nivel mundial.

- Podría seguir enumerando ejemplos de avances: la política de cohesión, el programa Erasmus de intercambio de estudiantes, etc. La lista es muy larga.

Ello no obstante, lo que me parece más significativo de señalar en un día de celebración como hoy, son los valores que la Unión defiende ante el mundo (los valores de democracia, estado de derecho, solidaridad, etc).

Y lo más importante, la paz. Me gustaría recordar el momento tan emocionante en el que la Unión Europea recibió el premio Nobel de la Paz en el año 2012 (momento en el que tuve el honor de participar como Presidente del Comité de las Regiones).

Sin duda alguna, hoy los padres fundadores de la Unión estarían orgullosos de lo que hemos conseguido entre todos durante estos años, y de lo que somos y representamos en el mundo.

El futuro de Europa

Pero más que hablar de los logros del pasado, me gustaría centrar mi intervención en los retos que afrontamos de cara al futuro en el particular contexto mundial que nos toca vivir.

Europa, como sabemos, es objeto de ataques sin precedentes en su interior pero también desde el exterior, ataques inspirados por populismos de toda clase y por la voluntad de minarla desdeñando la realidad objetiva de los hechos. Para contrarrestar tal campaña de falsedades e infundios, los europeístas debemos reaccionar con vigor, desmontando con rigor las críticas grotescas al proyecto europeo.

Y es que hay que decirlo con orgullo: contrariamente a las pretensiones de algunos, Europa es un éxito sin precedentes en la historia secular de las conflictivas relaciones de los pueblos europeos. Ha asegurado 60 años de paz y prosperidad a un continente desgarrado y exangüe tras la tragedia de la II Guerra Mundial, lo que no puede ni debe olvidarse a riesgo de que se repitan las premisas.

El proyecto diseñado por el Tratado de Roma (del que celebramos el sexagésimo aniversario) es perfectamente válido y pertinente en un mundo volátil e imprevisible, en el que sólo una alianza sólida y duradera de los Estados europeos puede dar una respuesta a la altura de los desafíos: terrorismo, cambio climático, energía, desarrollo. Es precisamente esta fuerza potencial al servicio de causas justas y de intereses legítimos lo que inquieta y explica la hostilidad de algunos.

Esto no quiere decir que seamos conformistas y que no nos planteemos cuestiones sobre qué modelo de Europa queremos para el futuro. 60 años dan para mucho, para analizar nuestros éxitos, y también, cómo no, para aprender de nuestros errores...

Reformar lo que sea necesario

... Para reconocer que tendremos que reformar lo que sea necesario:

Otras actuaciones cruciales para Europa se han preterido, dejado inacabadas o con lagunas: la seguridad interior y exterior (protección de las fronteras comunes y la defensa), la inversión en sectores claves y estratégicos para el futuro, una genuina política energética, los instrumentos necesarios para una gobernanza económica equilibrada de la zona euro (fuente de crecimiento y empleo), o un plan ambicioso al servicio de la juventud.

El ciudadano está muy alejado de Europa, de la que se siente excluido, y hasta es percibida como hostil. Tal sentimiento debe ser combatido psicológicamente (terminando con las a veces intrusiones injustificadas de la burocracia bruselense), materialmente (asegurando que las políticas comunes se traducen en mejoras palpables y efectivas de las expectativas y aspiraciones de los ciudadanos) y políticamente (vinculando estrechamente el nivel político europeo al nivel político nacional, mediante una mayor implicación de los parlamentos nacionales en los temas europeos).

Creo sinceramente que Europa funciona cuando consigue materializar lo que es: un sueño de progreso, prosperidad, libertad y paz. Y los europeos no hemos perdido la ilusión por soñar -ni tampoco nuestra capacidad para hacer esos sueños realidad.

Eso sí, nos toca cambiar -insisto- la imagen de una Europa abstracta, poco eficaz, burocrática, y devolver a los europeos la pasión volviendo a despertar en ellos ese sentimiento de formar parte de un proyecto histórico. Es la mejor herencia que podemos dejar a las generaciones futuras.

Al mismo tiempo, los europeístas debemos dar la batalla juntos contra los detractores de la Unión, cuyos argumentos basados en 6 medias verdades o falsedades flagrantes y en argumentos sesgados que explotan la ignorancia del gran público y las debilidades (fácilmente corregibles) de un proyecto que, en realidad, no tiene alternativa. Por ello hay que defenderlo con la misma determinación exhibida por sus atacantes. Todas las fuerzas políticas y gobiernos en los que predomina la razón (no tanto el entusiasmo) deben imperativamente situarse a la vanguardia de este combate contra el populismo que desafía la democracia y busca el naufragio de Europa.

No encontraremos mejor manera de honrar la memoria de quienes hicieron posible, en Roma, nuestra convivencia y prosperidad de hoy... que trabajando por recuperar la confianza perdida de los ciudadanos. Y ya no basta con prometer. No. Urge actuar. Nos toca poner todo nuestro empeño para que la Unión Europea ofrezca nuevamente resultados concretos que el ciudadano pueda sentir en su día a día. Que vuelva a acreditar éxitos palpables que le devuelvan su legitimidad cuestionada.

Hablamos, en este sentido, de la necesidad de completar la Unión económica y monetaria. También, de aunar recursos para mejorar la seguridad dentro y fuera de nuestras fronteras.

Pero, sobre todo, de poner en marcha una verdadera agenda social. Una agenda social que sustente un modelo de crecimiento inteligente, sostenible e integrador en todas nuestras regiones; desde Baviera hasta 7 Murcia, pasando por Lombardía y haciendo escala en Asturias. Toca apostar por un modelo de crecimiento que no deje atrás a nadie. Por preservar los derechos colectivos, por un plan que realmente sea eficaz en la lucha contra el desempleo juvenil y los parados de larga duración.

Apoyando, en definitiva a todos los que esta crisis ha dejado atrás en el camino. Y haciéndolo con planes concretos, visibles y explicables. Es la única manera de que Europa reconquiste los corazones de los desengañados.

En mi opinión, la respuesta a la crisis actual no reside en una enésima revisión de los Tratados, y menos aún en su refundación total. Por tres razones al menos: sería extremadamente difícil, por no decir imposible, acordar el contenido de las reformas; si se lograse milagrosamente consensuar un nuevo texto por los gobiernos, éste sería rechazado de plano por el cuerpo electoral de varios Estados: y, sobre todo, no es menester modificar los Tratados para reformar la Unión.

Es perfectamente posible reformar la Unión sin cambiar los Tratados, recurriendo a las numerosas disposiciones y cláusulas del Tratado de Lisboa que permiten alterar el perímetro y la intensidad de su acción para ajustarla a las exigencias de cada momento. Su extrema flexibilidad, junto a su complejidad, es uno de sus rasgos característicos. Es una caja de herramientas polivalente.

La Unión no es una camisa de fuerza que se impone indistintamente a todos y a cada situación. Desde siempre los Estados han sido capaces de encontrar su sitio gracias a fórmulas flexibles (periodos transitorios, opt in/opt out) que acomodan las particularidades sin que la dirección general de progreso sea afectada.

¿Hacia dónde puede España contribuir a conducir a Europa?

Desde el primer día de su adhesión, España ha creído firmemente en el proceso de integración europea y se ha comprometido por una mayor integración política y económica.

El impacto positivo de la UE en España es indudable. Aunque la crisis económica haya golpeado nuestra actividad económica entre 2008 y 2014, la situación socio-económica española ha mejorado enormemente en los últimos 30 años como miembro de la Unión.

Los españoles se cuentan entre los ciudadanos más fieles a la construcción europea. Han demostrado una disciplina excepcional para entrar y quedarse en el euro. En su mayoría, resisten al populismo y a sus simplificaciones. Quieren seguir siendo europeos y estar en la vanguardia de los tiempos. Por ello seguirán reclamando sin duda una Europa modernizadora, abierta al Atlántico y al Mediterráneo, lo más 9 unida y solidaria posible. Su responsabilidad en Europa crecerá con la salida de los británicos, con el enfriamiento de la candidatura turca y con la marginalización a la que gobiernos como el polaco conducen a sus países. España es más que nunca uno de los 4 grandes de la Unión.

¿Hacia dónde quiere España conducir a la Unión Europea? España tiene derecho a preguntárselo. No es demasiado pequeña, ni demasiado marginal para hacerlo. Lo ha hecho en el pasado.

España debe abandonar su habitual modestia. Debe ayudar a Europa a superar estos obstáculos para encontrar una nueva dimensión y entrar, creíble y fuerte, en el Nuevo Mundo, con el objetivo claro de trabajar por más y mejor integración y por conseguir una Europa mejor, más eficaz y centrada en los problemas de los ciudadanos.

Una Unión que trabaje por y para los ciudadanos y que les proteja de las amenazas tanto internas como externas. Una Unión que sea sinónimo de cohesión económica y social, prosperidad y bienestar. Y una Unión que defienda sus valores y sus intereses.

Estoy plenamente convencido de que, tras 60 años de éxitos, Europa seguirá por muchos años ganando los corazones de los europeos.

Nuestro deber como responsables políticos es el de trabajar en esta dirección.

Como dice el conocido dicho francés, ‘el amor no existe, sólo las pruebas de amor’ (“Il n’y a pas d’amour, il n’y a que des preuves d’amour”). Ésta va a ser nuestra misión para el próximo aniversario del tratado: no sólo querer a Europa, sino también, demostrarlo.

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