Mario Esteban, experto de Elcano: China no es una «amenaza existencial» para Europa ni para la OTAN

Mario Esteban, experto de Elcano. [Foto: Real Instituto Elcano]

Madrid (EuroEFE).- La posible “amenaza” que pueda representar China para España y Europa no es militar, ni el gigante asiático es un “enemigo” para la OTAN. En el nuevo concepto europeo, Pekín es un “competidor estratégico”, aunque no haya que perder de vista nuestras “vulnerabilidades” y excesivas “dependencias” comerciales de ese país, asegura Mario Esteban, investigador principal del Real Instituto Elcano.

En una entrevista con EuroEFE, Esteban, quien es además profesor titular del Centro de Estudios de Asia Oriental de la Universidad Autónoma de Madrid, subraya que el potencial “riesgo” para España y el resto de la Unión Europea (UE) pasa por las amenazas híbridas de China, entre ellas cuestiones relativas a la ciberseguridad o la desinformación (con la difusión de “fake news”).

“En esos dos ámbitos hay una mayor percepción de amenaza, pero no tanto en el terreno de las amenazas tradicionales, no como una amenaza militar directa, ni de terrorismo, ni el terreno migratorio”, explica el experto de Elcano.

Los próximos 29 y 30 de junio Madrid acogerá una trascendental cumbre de la OTAN, en la cual, además de la situación de seguridad tras la invasión rusa de Ucrania, se abordará el nuevo concepto estratégico de la Alianza, en el que se menciona a China.

¿Qué otro tipo de “amenazas” puede plantear China a España y Europa?

Hay vulnerabilidades relacionadas con nuestra dependencia de las cadenas de suministro de China, pero eso no supone considerar a ese país como un generador de amenazas directas para España.

Existen muchas relaciones de interdependencia, y en ese sentido no hay que olvidar que China es uno de los mayores proveedores extra europeos para España y otros países de la UE. La preocupación viene por el temor a que esas cadenas de suministro no sean confiables o sean muy inseguras.

La pandemia de la covid-19 ha expuesto esas debilidades. Cuando tienes una relación económica muy sustantiva con un determinado proveedor como es China, sabes que hay productos “sensibles”. Un ejemplo bastante evidente es el de los precursores químicos en la industria farmacéutica, en eso dependemos mucho de China. Si esas cadenas de suministro son vulnerables y tienen un elevado riesgo de  discontinuidad, se genera mucha inseguridad e incertidumbre.

China está utilizando las  relaciones económicas para presionar políticamente a determinados países cuando no está conforme con algunas decisiones de política exterior de esos países.

Por ello, tener excesivas dependencias estratégicas de China para determinados materiales críticos puede ser un asunto sensible. Es importante apuntalar la resiliencia de nuestras cadenas de suministro.

¿Ha cambiado algo la postura de China en su apoyo sin fisuras a Vladimir Putin?

Hasta la fecha, la posición de China ha sido bastante coherente en su relación con Rusia. A excepción de los primeros días, en los cuales Pekín fue un poco dubitativa, después ha reafirmado su apoyo político y diplomático, aunque al mismo tiempo intenta mantener buenas relaciones con Ucrania, evita dar apoyo militar, y no hace movimientos en el terreno económico que puedan ser interpretados por Estados Unidos como un intento de mitigar el impacto de las sanciones occidentales contra Rusia.

Está claro que China intenta jugar a dos bandas. Por un lado pesa su interés estratégico en apoyar al régimen de (Vladimir) Putin, porque es evidente que no le interesa una Rusia pro-occidental, y por otro están sus fuertes intereses económicos con Occidente. Por eso no quiere cruzar determinadas líneas rojas en su apoyo al Kremlin.

¿Respecto a China, se perciben las cosas de manera distinta según de qué lado del Atlántico nos encontremos?

Desde luego hay una clara diferencia de percepción entre Estados Unidos y el mundo anglosajón si los comparamos con Europa. Es muy revelador el discurso del Secretario de Estado de EE.UU, Antony Blinken, de mayo pasado sobre la nueva postura de Washington con Rusia.

Estados Unidos establece una contraposición muy clara entre la amenaza militar directa de Rusia y el desafío chino, que es presentado como algo muy diferente.

Obviamente, en Estados Unidos hay posiciones mucho más duras con China, y la administración (del expresidente Donald) Trump tenía una mentalidad claramente de Guerra Fría con China. Pero aunque Washington tenga una percepción de amenaza mucho mayor comparada con Europa, no meten a China y a Rusia en el mismo grupo.

¿Visto desde Washington cuáles son esas potenciales amenazas?

A Estados Unidos lo que más le preocupa de China son las implicaciones que puedan producirse (de la política de Pekín) para la seguridad de toda Asia Oriental, y las amenazas que puedan plantearse a la hegemonía estadounidense en el mundo.

En estos momentos hay un interesante debate en torno a la redefinición del flanco sur de la OTAN, que España está intentando abanderar. Nuestra prioridad no es China, ni tan siquiera Rusia. Estamos más focalizados en asuntos como las amenazas terroristas, la presión de los flujos migratorios, temas relacionados con nuestra posición geográfica, muy cercana al norte de África y el Magreb.

En ese sentido, en el marco del nuevo concepto estratégico de la OTAN, España no va a ser especialmente proactiva ni va a incidir en el tema de las relaciones con China, sino que intentará llevar el debate sobre cuestiones de seguridad más allá de las relaciones entre las grandes potencias.

¿Está de acuerdo en la nueva definición europea de China como un competidor estratégico?

Sí, por supuesto. Justamente en esa línea se está moviendo la administración (de Joe) Biden, y también la Comisión Europea desde la primavera de 2019, cuando Bruselas publica su Visión Estratégica sobre China, en la cual el país asiático es visto como un socio y al mismo tiempo un rival estratégico.

China no es “el” enemigo ni de la UE ni de la OTAN, a diferencia de la retórica que se empleaba en la Administración Trump, donde se fomentó la creación de una especie de dique de contención occidental contra China, y se hablaba de China como una amenaza existencial para Washington.

Obviamente, a pesar de que esa dialéctica más típica de la Guerra Fría ya no sea prevalente, en Estados Unidos siguen existiendo posiciones más beligerantes con Pekín.

Entonces, ¿nos olvidamos del problema de los derechos humanos en China, y adoptamos un enfoque pragmático?

Cuando se habla de esa cuestión en esos términos tan tajantes, quien lo hace no se da cuenta de que es un planteamiento totalmente alejado de la realidad.

Se da por hecho que desde España, Europa o Estados Unidos se puede incidir sobre la situación de los derechos humanos dentro de China, pero las cosas no son así. ¡Claro que nos gustaría que fuese así, pero no lo es!

Y lo comprobamos en países con partidos mucho más débiles que el Partido Comunista de China. Constatamos las dificultades que existen, desde el exterior, para poder influir y modificar lo que pasa en esos países, entre ellos Cuba, Corea del Norte o  Marruecos… pero hay muchos más ejemplos.

Pero, en el caso de las supuestas violaciones masivas de los derechos humanos de las minorías en Xinjiang o en la deriva autoritaria en Hong-Kong, ahí sí veo que hay una crítica a nivel diplomático, en público, por parte tanto de Estados Unidos como de la UE.

El Tratado de Inversiones con China está paralizado precisamente por eso. Existe un posicionamiento de Occidente sobre eso, pero de ahí a pensar que si rompemos toda relación con China, Pekín, de repente, va a cambiar sus políticas, eso no se ajusta a la realidad.