Siete historias de vidas rotas por la guerra en Ucrania

Siete historias de vidas rotas por la guerra en Ucrania

Fotografía de archivo tomada en Odesa (Ucrania), el 22/03/2022, en la que un niño se despide de un familiar montado en un tren que parte desde la estación Odesa Holovna (Ucrania) hacia la ciudad de Uzhgorod, en la frontera con Eslovaquia. EFE/Manuel Bruque

Redacción Internacional (EuroEFE).- Millones de refugiados y desplazados, miles de civiles muertos y cientos de miles de millones en daños es el balance de más de cien días desde que se inició la invasión rusa de Ucrania. Pero la guerra son más que cifras, también son las historias de las vidas rotas de la gente corriente.

Estos son algunos de los testimonios vitales recogidos en estos más de cien días de guerra por los enviados especiales de EFE:

VIVIR TRES GUERRAS

Galina y Liudmyla, dos hermanas de 82 y 76 años, lograron salir de Irpin, después de pasar cuatro días sin comer ni beber agua en el sótano de su casa en esa ciudad en la que vivían hace poco más de un año, a donde llegaron huyendo de la guerra de baja intensidad que empezó en Donetsk, su región natal, en 2014.

«Conseguimos salir de allí y ahora hay una guerra otra vez», relató Galina a EFE quien de niña ya sufrió las consecuencias de la II Guerra Mundial, sumando ya tres guerras a sus espaldas.

Ahora las dos hermanas viven en una habitación de una residencia de estudiantes de Kiev reconvertida por la Cruz Roja en un centro de evacuación. Liudmyla, la menor de las dos, mira al suelo todo el tiempo y no es capaz de articular palabra. Sigue en shock tras lo vivido en Irpin, donde se estima que murieron unos 3.000 civiles durante la ocupación rusa. La mayoría de los que no pudieron huir son ancianos desamparados, como estas hermanas.

VER MORIR A UNA MADRE

De un autobús amarillo con las ventanas empañadas, baja Dimitró. Viene de Mariúpol: el «infierno». «No hay otra palabra para describirla», decía un 4 de abril a los pies del vehículo, nada más pisar suelo seguro en Zaporiyia. Con solo 22 años, vivió la muerte de su madre.

«Nuestra casa está cerca de un corredor humanitario y cuando volvíamos a ella lanzaron misiles contra el corredor. Las bombas hirieron en la cabeza a mi madre. Murió dos días después en el hospital».

Logró salir de Mariúpol junto a un amigo de su edad, pero allí quedaron su hermano y su padre, cuidando de su abuelo. Le era imposible comunicarse con ellos. No sabía si estaban vivos o muertos.

VISITA DIARIA A LA MORGUE

Alina, de 24 años, esperaba cada día frente a la morgue de la ciudad de Bucha a que un camión descargara nuevas tandas de decenas de cadáveres que debían ser identificados por sus familiares. Buscaba desesperada, desde hacía semanas, el cuerpo de su padre.

«Cada día traen nuevos cadáveres y vengo aquí a ver si encuentro a mi padre. A ver si lo encuentro entre todas estas personas muertas», contó a EFE.

La joven no supo nada de él desde que a finales de febrero los soldados rusos se presentaron en su pequeña granja, a las afueras de esta masacrada localidad. Cientos vecinos se encuentran en la misma situación que Alina.

Delante de la morgue, una madre llora desconsolada mientras busca el cuerpo de su bebé de siete meses, una tragedia de la que el sufrimiento que atraviesa le impide hablar.

 

 

SIN PALABRAS PARA HUIR DE LA GUERRA

En Odesa, dos familias de sordomudos hablaban sobre la guerra sin articular palabra. Los movimientos de manos simbolizaban las bombas y la desesperación, los gestos con los ojos.

Si moverse por la ciudad era difícil para cualquiera, para ellos aún más. «No podíamos preguntar a dónde ir, ni siquiera dónde estaban los rusos. Nada», explicaron a EFE a través de una intérprete. Recurrían a la escritura para hacerlo en momentos donde un gesto puede ser interpretado como una amenaza por un soldado nervioso, pero muchos sordomudos, según relataron, ni siquiera tienen eso. «La mitad de los sordos de Chernigov no sabe escribir».

Estas personas consiguieron ayuda de una mujer que les indicó el día, la hora y el lugar al que debían ir para salir en un corredor humanitario. Finalmente, subieron al autobús en el último momento antes de atravesar un puente que los ucranianos hicieron luego explosionar para impedir el avance de los rusos.

 

NADIE PUEDE DEVOLVERLE LA VIDA

El impacto en el centro de Járkov de varios misiles rusos provocó el jueves 26 de mayo al menos nueve muertos y diez heridos. Uno de los muertos fue el esposo de Elena, que encontró su cuerpo al entrar en el Metro.

Elena, de 64 años, había llamado a su marido porque al salir del trabajo vio que había olvidado las llaves de casa. La mujer relató a EFE que escuchó el primero de los misiles cuando iba a la estación, donde había quedado con su marido, Oleksiy, de 65 años.

Al acercarse al metro encontró un herido e intentó ayudarle. Luego escuchó otra explosión, pero al llamar de nuevo a su marido, no respondía. Cuando entró en la estación, encontró su cuerpo.

ARRUGAS FRENTE A LA GUERRA

Pese a que suenen las alarmas antiaéreas en Odesa, el pensionista Andriy, de 70 años, no deja de ir al centro de la ciudad a jugar por las mañanas al ajedrez con sus amigos, en unas partidas que se pueden alargar hasta el ocaso.

Estos abuelos han decidido no huir de esta urbe porque no tienen dinero, se ven incapaces de empezar una vida de cero en otro país y su forma física les recuerda que el viaje fuera de Ucrania sería muy difícil para ellos.

«Venimos cada día aquí, al parque, porque no sabemos qué va a pasar y sobre todo qué va a pasar con nosotros», dice angustiado Andriy, que no cesa de manosearse el canoso mostacho, mientras espera el jaque mate de alguno de sus colegas.

Al similar a la historia de Andriy es la de Mijaíl, un anciano de 80 años cuya casa, cerca de Jersón, quedó totalmente destrozada, relata a EFE el momento en el que habían bombardeado su hogar.

Mientras Mijaíl enseña la casa, las detonaciones siguen sonando, un pueblo a unos pocos kilómetros está siendo atacado. Se oyen, por detrás, los disparos de respuesta de la artillería ucraniana. «Eso es de salida», apunta un militar ucraniano. Mijaíl ni se plantea irse. No tiene a dónde, dice.

📺 Vídeo sobre la historia de Mijaíl.

NADIE ELIGE CASARSE EN UNA GUERRA

Después de muchos años juntos, Irina y Misha nunca se habían animado a casarse. Pero cuando Misha recibió la notificación y fue llamado a filas, decidieron organizar su boda la víspera de su incorporación al Ejército. Tienen un hijo de 7 años, Yaroslav, que fue uno de los pocos invitados a la cita, junto a dos amigas de la pareja que testificaron ante el Ayuntamiento que es larga su historia de amor. No hay celebración.

«Lo celebraremos cuando ganemos la guerra; primero la victoria y luego la boda», asegura ella a Efe como diciéndose a sí misma que todo va a salir bien. Reconoce que le hubiera gustado casarse en otro tiempo.

Nadie elige casarse en una guerra salvo que no le quede otra elección.

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Editado por M.Moya