Compartir y proteger los datos: una tercera vía esencial para Europa

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app covid

Botón de acceso en un teléfono móvil de una "app" para el rastreo de personas con síntomas de coronavirus, en Estocolmo, el 29 de abril de 2020. [EFE/EPA/Fredrik Sandberg]

La historia nos enseña que las grandes pandemias, que estallan a escala continental, acaban expandiéndose rápidamente por todo el mundo y afectan a civilizaciones enteras. Para los europeos, la pandemia de coronavirus y sus consecuencias se ha traducido en cambios sin precedentes en nuestras vidas cotidianas, que no habíamos conocido desde 1945, según asegura el exeurodiputado liberal francés Jean-Marie Cavada.

Cavada fue ponente alternativo de la directiva europea de derechos de autor. En la actualidad es CEO del Instituto para los Derechos Digitales Fundamentales (IDFRights).

Pocos pueden imaginar el esfuerzo, la abnegación y lo que supone dejar a un lado los placeres cómodos. En menos de tres meses, un simple virus desconocido ya ha minado casi todas las doctrinas que habían imperado en Europa durante casi 40 años: como ocurrió en 1918, 1929 y 1945. Ahora nos toca evaluar la dimensión sistémica y cualitativa de las ruinas provocadas por el virus.

El coronavirus como “caballo de Troya”

Pero si se trata de una guerra, ahora deberíamos dar un paso atrás y mirar más detenidamente la crisis, la grandeza y el sacrificio, incluidas las agendas políticas, para preparar el futuro.

Todavía queda lo más aterrador: el virus es un vector, un caballo de Troya arrojado contra nuestros valores democráticos. Quienes lo montan descaradamente pueden propiciar la aceleración de una profunda desestabilización social y política.

Escúchalos: parecen unos jóvenes aspirantes a dictadores. “Avante a toda máquina”, justicia del partido aquí, cierre de los medios por allá, restricción a la libertad: el miedo que nos paraliza e invade nuestra necesidad de seguridad proporciona ideas cortoplacistas, probadas y ya ensayadas a lo largo de la historia.

El “duopolio” digital de EE.UU y China

Lo nuevo de esta pandemia es la presencia de una tecnología poderosa, esencial pero también peligrosa: la digital. Impulsada por los valores de nuestras sociedades libres, podría ser un gran avance. Controlada por sus únicos propietarios californianos o chinos, es una amenaza.

Las grandes plataformas han estado, durante años, mostrando su arrogante menosprecio de las leyes, su menosprecio por las soberanías, sino incluso más por su capitalización de mercado. La humillación ante los algoritmos debe acabar: una herramienta, por mágica que sea, es solo una herramienta al servicio de sus usuarios.

Por lo tanto, tenemos que trabajar para crear condiciones estables: sí al derecho a compartir nuestros datos, sí a la necesidad de protegerlos. Nos dijeron que un mundo nuevo nacería gracias al asunto del cambio climático y el desarrollo de la tecnología digital.

Con respecto al clima, queda todo por hacer, y en cuanto a la tecnología digital, es esa misma tecnología digital la que nos arrastrará si no la regulamos. Aquí lo tenemos, el nuevo mundo: sus capacidades algorítmicas son un ejército: rojo en Beijing, verdes dólares en Wall Street.

Preservar los valores europeos

De momento, dos gigantes estadounidenses ofrecen su ayuda a varios Estados, incluidos los europeos, para combatir la propagación de la enfermedad, utilizando la tecnología Bluetooth, lo que permite el reconocimiento entre dos terminales móviles personales que operan sin transmisión o análisis de datos, y en base al registro voluntario de los usuarios. En este caso específico, nuestros valores europeos no estarían vulnerados, pero tenemos que estar alerta.

“El derecho a compartir, el deber de proteger”

Desde un punto de vista europeo, esta época de crisis exige la creación de una fuerte doctrina para el futuro: la tercera vía. En otras palabras (…) “El derecho a compartir, el deber de proteger”. Este es el objetivo que se ha fijado nuestro Instituto de Derechos Fundamentales Digitales (IDFRights). Compartir con la esperanza de avanzar, proteger exigiendo anteponer siempre el aspecto humano a las herramientas. ¡Ya se trate de la libertad individual o colectiva fundamental que ya se ha perdido en casi todas partes!

Ya sea que ahora toque defender la libertad económica, proteger el “saber hacer”, las patentes, la propiedad intelectual o artística, luchar contra la mafia y las falsificaciones, cuyos negocios se han extendido por la red: ¡tenemos que reglamentar!

Ya puedo escuchar a los hipócritas que se jactan de neutralidad, o que claman por la censura, al tiempo que, por cierto, ignoran noticias falsas, ilícitas, peligrosas y dañinas. Los conozco bien de mi etapa como eurodiputado.

Garantizar el control de los datos por los ciudadanos

Para resolver este problema, hemos reunido a abogados internacionales, principalmente académicos y piezas clave del “ecosistema digital”, que propondrán estándares y normas para la circulación de datos. Nuestro instituto pretende ser tanto un “grupo de pensamiento” como un “grupo de acción”. El trabajo de los abogados se traducirá a un código por parte de empresas éticas y, por supuesto, al GDPR europeo de mayo de 2018, garantizando a los usuarios, incluidos los ciudadanos, la propiedad y el control de sus datos.

Las primeras contribuciones (especialmente en la protección de datos sanitarios) ya están llegando. En interés del bien público, debemos elaborar y proponer reglas de manera colectiva, para que los gobiernos, los parlamentos y las organizaciones internacionales puedan tenerlas en cuenta. Europa, que conquistó y luego defendió su independencia y libertad a costa de un horrible derramamiento de sangre, debe recordar cuál es el precio de rendirse.

Por ello, invitamos a todos los que tienen el coraje de pensar en un futuro libre a unirse a nosotros ahora. Debe surgir un movimiento de contrapeso. Como bien saben, la libertad solo se desgasta si no la usamos.