Crisis del coronavirus: ¿Una “nueva normalidad”? ¡Una “normalidad mejor”!

DISCLAIMER: Todas las opiniones vertidas en esta tribuna reflejan exclusivamente la posición de su/s autor/es, y en modo alguno de EUROEFE.EURACTIV.es, de la Agencia EFE ni de EURACTIV Media network.

OIT

Guy Ryder, Director General de la Organización Mundial del Trabajo (OIT), en una imagen de archivo. [EFE-EPA]

En estos tiempos de crisis mundial por el coronavirus, nuestro mayor reto es encontrar un equilibrio entre protegernos a nosotros y a nuestras familias y mantener al mismo tiempo nuestros puestos de trabajo. Para los políticos, eso se traduce en combatir la pandemia del COVID-19 sin que el tejido económico y laboral sufra un daño irreversible, según asegura Guy Rider, Director General de la Organización Mundial del Trabajo (OIT), en una tribuna que publica originalmente EURACTIV.com, socio de EFE.

Con más de tres millones de casos y cerca de 217.000 víctimas del virus en todo al mundo a escala global, y la previsión de que se destruyan unos 305 millones de puestos de trabajo en todo el mundo para mediados de año, los desafíos jamás habían sido tan colosales.

Los gobiernos continúan siguiendo lo que les “dice la ciencia” en la búsqueda de las mejores soluciones, al tiempo que renuncian a los obvios beneficios de una mayor cooperación internacional en la construcción de la necesaria respuesta global al reto global.

Pero en medio de una guerra contra el COVID-19 que todavía no se ha ganado, parece algo comúnmente aceptado que lo que nos espera tras la victoria será una “nueva normalidad” en la organización de la sociedad y en la manera de trabajar.

Eso nos tranquiliza muy poco.

Ya hemos escuchado antes lo de “nueva normalidad”

Porque nadie parece capaz de definir cómo será esa “nueva normalidad”. Porque el mensaje es que estará (esa “nueva normalidad”) sobre todo dictada por las restricciones impuestas por la pandemia más que por nuestras elecciones y preferencias. Y porque ya lo hemos escuchado antes.

El mantra que puso “banda sonora” al “crash” de 2008-2009 fue que, una vez que se desarrollara y administrara la vacuna al virus del exceso financiero, la economía global estaría más segura, sería más justa, más sostenible.

Pero eso no pasó.

Una “normalidad mejor”, no una vieja normalidad

La “vieja normalidad” fue restablecida con una venganza, y quienes se encontraban en los escalones más bajos de los mercados laborales quedaron incluso más relegados.

Así que, el 1º de mayo, el Día Internacional del Trabajo, es el momento adecuado para mirar más de cerca a esa “nueva normalidad”, y para empezar la tarea con vistas a hacer de ella una “normalidad mejor”, no tanto para quienes ya tienen mucho, si no para quienes tienen demasiado poco.

Esta pandemia ha evidenciado, de la forma más cruel, la enorme precariedad e injusticias de nuestro mundo del trabajo. La destrucción de las fuentes de sustento en la economía informal -en la cual se hallan seis de cada diez personas- es la que ha lanzado la señal de alarma de nuestros colegas en el Programa Mundial de Alimentos (PMA) ante la pandemia de hambre que se avecina.

Son las brechas en los sistemas de protección social de, incluso, los países ricos, las que han dejado a millones de personas en una situación de penuria. Es el fracaso en garantizar la seguridad en el puesto de trabajo lo que condena a casi 3 millones de personas a morir cada año por el tipo de trabajo que realizan.

El virus discrimina a los pobres e indefensos

Y es la dinámica sin control de la creciente desigualdad la que hace que, si, en términos médicos, el virus no discrimina entre sus víctimas y su impacto económico y social, sí discrimine de forma cruel en contra de los más pobres e indefensos.

Lo único que debería sorprendernos en todo esto es el hecho mismo de estar sorprendidos.
Antes de la pandemia los evidentes déficits en el trabajo decente en su mayor parte se daban en situaciones individuales de silenciosa desesperanza.

Ha tenido que llegar la catástrofe del COVID-19 para sumarlas al cataclismo social colectivo al cual se enfrenta hoy el mundo. Pero es algo que siempre supimos: simplemente elegimos mirar hacia otro lado. Y, por lo general, las decisiones políticas tomadas, por acción u omisión, agravaron el problema, en lugar de aliviarlo.

Hace 50 años, Martin Luther King, en un discurso ante trabajadores de la salud en huelga, en la víspera de su asesinato, recordó al mundo la dignidad de todo trabajo. Hoy, de manera similar, el virus ha puesto de relieve el siempre fundamental, y a veces heroico, papel de los trabajadores en primera línea de esta pandemia.

Negación de la dignidad laboral

Personas que son a menudo invisibles, marginadas, infravaloradas, incluso ignoradas. Los trabajadores de la sanidad y los cuidadores, limpiadores, cajeros y cajeras de supermercados, personal del transporte- con demasiada frecuencia se encontraban entre los trabajadores pobres y precarios.

Hoy, la negación de la dignidad para ellos, y para millones más, es un símbolo de los fracasos políticos del pasado, y un recordatorio de nuestras responsabilidades futuras.

El 1º de mayo del año próximo, confiamos en que la angustiosa emergencia del COVID-19 ya haya quedado atrás. Pero tendremos ante nosotros la tarea de construir un futuro del trabajo que afronte las injusticias que esta pandemia ha puesto en evidencia, junto con los permanentes y ya imposibles de posponer retos del cambio climático y de la transición digital y demográfica.

Esos son los rasgos definitorios de una “normalidad mejor”, que debería ser la herencia duradera de la emergencia sanitaria global de 2020.