A la espera de los evacuados de Mariúpol: «Imposible saber qué pasa dentro»

A la espera de los evacuados de Mariúpol Imposible saber qué pasa dentro

Una refugiada observa por la ventana de un autobus en Zaporiyia (Ucrania). EFE/MIGUEL GUTIÉRREZ

Zaporiyia (Ucrania) (EuroEFE).- Dimitri, de 48 años, llegó a Zaporiyia hace un mes y medio en su propio coche, huyendo de los bombardeos de Mariúpol que habían matado a vecinos y a amigos. Ahora ha vuelto al punto al que llegó para tener noticias del convoy que viene de su ciudad y tratar de ayudar si puede.

 

También ha ido a curarse: lo que antes era una cafetería en un centro comercial de Zaporiyia alberga ahora un hospital improvisado en el que se presta la primera atención médica a los refugiados, algunos de ellos de Mariúpol como Dimitri, que describe un relato dantesco de lo que dejó atrás en la ciudad.

«No llegan las ambulancias, es prácticamente imposible que los civiles se salven. He visto perros hambrientos hurgando entre los escombros. Cogí a una niña entre los escombros que estaba aún viva pero la tuve que dejar al darme cuenta de que le faltaban las piernas y no la podía salvar», relata a EFE Dimitri, que salió de allí el 17 de marzo en su coche y por su propia cuenta porque sentía que quedarse equivalía a morir.

Personal de medicos sin fronteras revisan a refugiados dentro de un bus

Personal de medicos sin fronteras revisan a refugiados dentro de un bus. EFE/Miguel Gutiérrez

Imposible saber si en el convoy de hoy llegará algún conocido, aunque no lo cree. Sus familiares ya no están dentro. Dice que no funcionan los teléfonos, que no hay electricidad y que es muy difícil saber qué está pasando exactamente dentro. Él dice que es «amigo» de algunos voluntarios y que a veces vuelve al centro de refugiados a ayudar.

Muestra a EFE una foto de su casa en escombros, que estaba, según dice, a 750 metros de la acería de Azovstal, de donde ahora Cruz Roja y Naciones Unidas tratan de desalojar a los civiles varados dos meses en esa fábrica de acero, bajo los bombardeos.

Los médicos del hospital se turnan para hacer guardias de 24 horas en el principal centro de recepción de refugiados de Zaporiyia, por el que han pasado más de 50.000 personas desde el inicio de la guerra. Aunque cada día llegan centenares de todo el país, nada es comparable al dolor de Mariúpol.

Anatoliy es enfermero y lleva dos meses yendo una vez por semana a este hospital improvisado. Al principio, dice, la situación era caótica y en el mismo sitio en el que pasaba consulta dormían personas que huían de la guerra, arremolinados en el suelo, muertos de miedo y de frío.

“Ahora atendemos a unas 70 personas al día y la verdad es que casi ninguno está grave. Aquí no llegan heridos de guerra porque ellos van directamente al hospital. Nuestra función es prestar la atención básica, hacerles chequeos y ofrecerles productos sanitarios de primera necesidad”, relata este enfermero a EFE.

Potitos de bebé, pasta de dientes, pañales, compresas, gasas, alcohol y medicamentos básicos como paracetamol se almacenan en lo que antes eran las mesas y la barra de una cafetería.

Sobre una de esas mesas revisan a Danilo, un bebé que nació durante en la guerra en Severodonesk: tiene dos meses y sus padres lo han traído para que lo vieran los médicos del centro de refugiados. Ya hace tres semanas que llegaron a Zaporiya pero suelen volver a este centro de emergencias a recoger pañales y enseres de aseo para el bebé.

Voluntarios atienden a refugiados en una carpa ubicada en en el estacionamiento de un centro comercial

Voluntarios atienden a refugiados en una carpa ubicada en en el estacionamiento de un centro comercial. EFE/Miguel González

Eugeniy es su padre. Agradece la atención al pequeño y haber logrado salir. De momento se van a quedar en Zaporiya, su casa está en zona de combate y no tienen otro sitio al que ir.

Además de los servicios médicos garantizados por Cruz Roja y el gobierno ucraniano, Médicos del Mundo presta a los evacuados un servicio de atención de urgencia que incluye la asistencia de psicólogos para personas como Dimitri, que sigue en shock por la crudeza de lo vivido.

Cuenta Lina Villa que al margen de quienes llegue de la acería (que llevan semanas sin ver la luz del día) usualmente los refugiados llegan agotados, con incertidumbre, y tristeza por las pérdidas. Muchos han perdido familiares, su casa, su trabajo.

Editado por M.Moya