La Presidencia portuguesa: encontrando el equilibrio entre atender asuntos pendientes y dejar su propia huella

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El primer ministro portugués, Antonio Costa, en una visita a Bruselas, el 1 de diciembre de 2020. [EFE/EPA/STEPHANIE LECOCQ / POOL]

La presidencia semestral portuguesa del Consejo de la UE, que se inició el pasado 1 de enero, viene cargada de retos, entre ellos la pandemia del COVID-19, pero también otros desafíos de gran calado, como la defensa de los valores constitucionales de la UE o la presión migratoria, entre otros, según explican en esta tribuna exclusiva en español para EuroEFE, los investigadores Nicoletta Pirozzi, Funda Tekin e Ilke Toygür.

Nicoletta Pirozzi es investigadora del Istituto Affari Internazionali en Roma; Funda Tekin, del Institut für Europäische Politik en Berlín; e Ilke Toygür, del Real Instituto Elcano en Madrid.

Portugal tomó el relevo de Alemania para asumir la Presidencia del Consejo de la UE el pasado 1 de enero. Así, el gobierno portugués liderará la tercera Presidencia que se enfrenta al desafío de la pandemia del COVID-19, si bien, con una vacuna a la vista y con las reformas impulsadas durante la Presidencia alemana, comienza a dibujarse un sendero más prometedor hacia una recuperación post COVID-19. Es esta coyuntura la que hace que sea un momento propicio para concentrar esfuerzos tanto en problemas inmediatos como en visión a largo plazo.

Dicho esto, la Presidencia portuguesa tendrá que lidiar con un número de desafíos internos y externos. Internamente, la división entre los Estados miembros –y especialmente, el desacuerdo en torno a los valores constitucionales de la UE sobre democracia y Estado de derecho– ha empezado a mermar la capacidad de actuación de la Unión. Externamente, el vecindario de la UE viene experimentando una creciente inestabilidad a lo largo de los últimos meses, con protestas ininterrumpidas en pos de derechos democráticos en Bielorrusia y una multiplicidad de crisis en el Mediterráneo oriental, sin contar con el reciente conflicto militar en el Alto Karabaj. En el escenario global, la elección de Joe Biden y Kamala Harris a la Presidencia de EEUU ha sido motivo de alivio en Bruselas. Con todo, se espera que la UE defina cómo será su contribución a la reparación de las relaciones transatlánticas y la reforma del multilateralismo.

Limar asperezas con Hungría y Polonia

Cada Presidencia ha de elegir juiciosamente los objetivos que puede alcanzar, teniendo en cuenta las realidades presentes y el ajustado marco temporal de seis meses del que dispone. A la luz de las circunstancias actuales, la Presidencia portuguesa debería centrarse en lograr tres cuestiones: (1) resolver asuntos pendientes, donde se incluiría la toma de medidas a partir de las decisiones introducidas durante la Presidencia alemana; (2) dejar su propia marca distintiva al trabajar hacia una Europa resiliente, social y verde; y (3) emprender un inicio exitoso de las relaciones con la Administración Biden, lo que comenzaría por restaurar la fe en la relación transatlántica.

En lo referente a cuestiones inacabadas, Portugal se encuentra ante una larga lista. La primera prioridad será la implementación del paquete de 1,8 billones de euros que abarca el marco financiero plurianual (MFP) de la UE, el plan de recuperación y Nueva Generación UE. Incluso si finalmente se produce un acuerdo, Portugal tendrá que enmendar las profundas fisuras que han generado, en primer lugar, las negociaciones en relación a la distribución de recursos financieros y el principio de solidaridad entre los países mediterráneos y los llamados frugal four, y después, el rechazo persistente por parte de Hungría y Polonia, seguidos de Eslovenia, a la hora de aceptar la condicionalidad sobre el Estado de derecho. El esfuerzo por reparar estas escisiones será igualmente necesario de cara a sellar el consenso que hace falta para lanzar los planes nacionales de recuperación y resiliencia, y permitir así el desembolso de fondos a tiempo para manejar eficazmente las consecuencias de la pandemia.

Otra promesa que requiere de atención es el lanzamiento de la Conferencia sobre el Futuro de Europa: ha transcurrido un año desde que la Comisión Europea y el Parlamento Europeo anunciaran el evento, y cinco meses desde que el Consejo de la UE acordara su posición al respecto, pero no se han tomado pasos concretos que transformen el proyecto en realidad. Recae entonces, en la Presidencia portuguesa, avanzar en la dirección adecuada mediante la búsqueda de un compromiso sobre quién presidirá, así como definir el calendario, el método de trabajo y –por encima de todo– los objetivos y la naturaleza de la Conferencia, los cuales no han quedado claros todavía. ¿Se trata de una antesala hacia una reforma institucional genuina de la UE, o se constituirá meramente como un foro de consulta ciudadana? Todos nos merecemos saber hacia dónde nos lleva este ejercicio en gestación.

Una Europa más social y “resiliente”

Con acuerdo o sin él, a la espera desde que las partes decidieran proseguir con las negociaciones, el Brexit va a mantener ocupada a la Presidencia portuguesa. Ambos escenarios necesitarán de un delicado equilibrio de las relaciones entre los Estados miembros y el Reino Unido, junto con la gestión de las implicaciones derivadas del Brexit. De forma inevitable, Irlanda del Norte y Escocia intentarán involucrar a la UE en las disputas en torno a la definición de sus estatutos en el Reino Unido post Brexit, procurando obtener apoyo político para sus reclamaciones.

Más allá de abordar todos estos asuntos pendientes, Lisboa debería trabajar en el afán de dejar su propia huella. Portugal pone el foco de su Presidencia sobre la Europa social y, en este sentido, es un avance bien recibido desde que la pandemia pusiera de relieve, una vez más, las desigualdades existentes en la Unión –entre Estados miembros y dentro de sus sociedades–, que ahora adquieren carices aún más intensos. Por consiguiente, estamos, a todas luces, en el momento propicio para invertir en una Europa social y resiliente. Durante la Presidencia portuguesa, se ha planificado la celebración de una Cumbre Social, y se deben de introducir garantías para la implementación del pilar europeo de derechos sociales. Además, la Presidencia portuguesa debe velar por que la UE no se desvíe del camino hacia una Europa Verde. No debe mostrarse dubitativa a la hora de asumir un papel de liderazgo en el asunto migratorio, a través de la coordinación hacia un nuevo pacto entre los Estados miembros y la comunicación eficaz de los beneficios del acuerdo a la ciudadanía europea.

En cuanto a digitalización, promover un compromiso compartido y reproducir un sentimiento de prioridad hacia la digitalización entre los Estados miembros podría ser uno de los logros más importantes de la Presidencia portuguesa. Sin cesar en tal empeño, las cuestiones de igualdad de acceso y democracia digitales no deben de descuidarse.

Una nueva relación con Washington

Por último, Lisboa debe de prestar particular atención a la resiliencia de la UE, pues su preservación exige de una acción continuada en aras de salvaguardar los derechos fundamentales de la Unión, el Estado de derecho y una economía abierta, defendiendo la solidaridad entre los Estados miembros a la par que evita verse arrastrada a los juegos de poder entre EE.UU. y China.

La Presidencia portuguesa no debe de perder de vista lo que ocurre al otro lado del Atlántico. La tan esperada llegada de Joe Biden a la Casa Blanca se materializa en enero de 2021. Esto quiere decir que la Presidencia portuguesa encabezará las primeras tomas de contacto con la nueva Administración. Aunque revitalizar las relaciones transatlánticas necesitará de una estrategia a largo plazo, el primer contacto será importante para sentar las pautas. Los europeos son conscientes de que la época dorada de las relaciones transatlánticas, cuando prácticamente podían delegar su seguridad a EEUU, ha llegado a su fin. La relación debería reconstruirse en mayor pie de igualdad.

El episodio de Donald Trump al frente de EEUU puso a prueba la resiliencia de las instituciones democráticas. A su vez, todas las crisis por las que han transitado los Estados miembros de la UE –no debemos olvidar que el presente siglo se inauguró con una crisis constitucional y siguió con una crisis financiera global y de la Eurozona, a lo que habría que sumar la crisis política causada por la muchedumbre que busca asilo en Europa, el Brexit y el COVID-19– han planteado desafíos de gran envergadura. En aquellas cuestiones comunes de política doméstica –el refuerzo de las instituciones democráticas, la lucha contra la desigualdad y la polarización en las sociedades occidentales–, puede la UE encontrar el punto de partida para su política exterior. La Presidencia portuguesa sería el equipo ideal para comenzar a explorar posibles formas de colaboración por esta vía, al fin y al cabo, crear una Europa social basada en derechos y libertades es también su lema.