A la espera de una nueva vida en Bruselas lejos de la guerra

A la espera de una nueva vida en Bruselas lejos de la guerra

A la espera de una nueva vida en Bruselas lejos de la guerra. EFE/EPA/OLIVIER HOSLET

Bruselas (EuroEFE).- De su casa en un pueblo cerca de Kiev a una antigua residencia de ancianos reconvertida en centro de recepción de refugiados en Bruselas, las vidas de Julia y sus hijos han dado un salto vertiginoso en dos semanas, desde el inicio de la invasión rusa de Ucrania.

A la espera de que las autoridades les asignen un hogar, ellos y otros ciudadanos ucranianos, en su mayoría mujeres y niños, pasan sus primeros días en Bélgica en un edificio del distrito bruselense de Molenbeek que dejó de funcionar como residencia en 2021 y que ahora les permite descansar tras un largo viaje.

Los ucranianos que huyeron de su país en medio de la invasión rusa hacen cola ante una oficina de inmigración en Bruselas.

Los ucranianos que huyeron de su país en medio de la invasión rusa hacen cola ante una oficina de inmigración en Bruselas. EFE/EPA/OLIVIER HOSLET

Yulia Rádchenko cuenta a Efe que ella y su familia vivían en un pequeño pueblo próximo a Kiev, cerca de Bielorrusia. Allí, ella y su marido construyeron hace cuatro años su casa, donde nació su hija pequeña.

«Todo estaba bien», dice durante una conversación, en la que su hija rara vez se aleja de su regazo.

Aunque Yulia y sus hijos han viajado a Bruselas, en Ucrania se han quedado su madre, que está enferma y «no quería viajar», su marido y su suegra. La huida comenzó al día siguiente de que Rusia invadiera Ucrania, ya que en la primera jornada de la guerra se despertaron «con el sonido de bombas».

HORAS EN COCHE Y ESCALAS

Pasaron 27 horas viajando en coche hacia el oeste de Ucrania, donde se quedaron «un par de días» con amigos. Después, marcharon hacia Hungría y desde allí pusieron rumbo a Bélgica, lo que les llevó «otras 26 horas», explica Yulia.

Indica que en Bélgica tiene «conocidos, amigos de su marido de Ucrania, amigos de la infancia», y les sugirieron «venir y quedarse». Con ellos estuvieron «un par de días», antes de ir al centro de recepción, donde esperan a que les asignen un hogar definitivo.

Ella y sus hijos han logrado escapar del conflicto, pero Yulia reconoce que quiere volver a casa «tan pronto como sea posible», si bien asume que ahora no tiene «otra opción» que quedarse en Bélgica.

Durante la entrevista, en la que casi de forma continua tiene que esforzarse para contener las lágrimas, admite que hasta el último momento esperaba que la invasión de Ucrania no tuviera lugar, aunque «se daban todas las precondiciones».

La mujer sintió que el reconocimiento ruso de la independencia de Donetsk y Lugansk antes de que comenzara la guerra «sería el principio de algo grande y horrible», si bien esperó «hasta el último momento» y confió en que «no sería tan malo».

Sobre el presidente ruso, Vladímir Putin, dice ser incapaz de entender «cómo durante tantos años la gente rusa puede vivir con un líder tan horrible, sin poder decir nada, sin poder vivir libremente». Declara que quiere que Putin «desaparezca».

EN RUSIA «NO HABÍA LIBERTAD»

Tampoco Alexandra Murashko tenía una opinión positiva sobre Putin ya antes de la invasión y asevera que es «un dictador» y que en Rusia «no había libertad».

«En Ucrania siempre puedes salir y protestar y decir lo que piensas, y en Rusia nunca ha sido posible los últimos veinte años», comenta a Efe.

Una mujer ucraniana que huyó de su país muestra sus uñas pintadas con los colores nacionales mientras hace cola ante una oficina de inmigración en Bruselas.

Una mujer ucraniana que huyó de su país muestra sus uñas pintadas con los colores nacionales mientras hace cola ante una oficina de inmigración en Bruselas. EFE/EPA/OLIVIER HOSLET


Esta mujer, que trabajaba en un teatro musical infantil de Kiev organizando conciertos, afirma que le gustaba su vida allí y «hacer felices a los niños». Añade que «nunca» vio a los niños «llorar tanto» como cuando los metían en un autobús para «escapar» de la guerra.

Alexandra decidió marcharse «cuando el centro de Kiev ya había sido bombardeado y sintió la onda expansiva de una bomba en su casa», pero su hijo se quedó y se unió a las Fuerzas de Defensa Territorial. Precisa que «ver otras casas destruidas y oír las bombas es algo que nunca» olvidará.

Sobre su salida de Ucrania, especifica que fue a Polonia, donde la recogieron voluntarios que la llevaron a Países Bajos y, después, otros voluntarios la condujeron hasta Bélgica.

Alexandra, que también es profesora de música, vino a Bélgica porque algunos de sus estudiantes ucranianos se habían mudado al país y le dijeron que «querían que viniera para estar segura».

Afirma que si puede encontrar un trabajo, «estaría feliz de quedarme y trabajar».

«Espero que la guerra termine pronto y, si mi familia está viva, entonces, por supuesto, quiero volver (a Ucrania)», expresa esta mujer, que no creyó «hasta el último momento» que la invasión fuera a tener lugar, a pesar de que días antes había «algunas personas que ya se estaban preparando», por ejemplo, comprando comida, relata.

CORTA ESTANCIA EN EL CENTRO DE ACOGIDA

Un niño pinta la bandera ucraniana y un corazón en el suelo entre un grupo de refugiados llegados a Bruselas.

Un niño pinta la bandera ucraniana y un corazón en el suelo entre un grupo de refugiados llegados a Bruselas. EFEEPAOLIVIER HOSLET

Yulia y Alexandra se encontraban en el centro de recepción, a la espera de un hogar definitivo, este miércoles, cuando los reyes Felipe y Matilde de los belgas realizaron una visita y conversaron con algunos de los ciudadanos ucranianos allí presentes.

El director del centro, Bernard D’Hoore, explica a Efe que el domingo recibieron a 30 personas, a 37 el lunes y «casi a 70» el martes, de modo que el miércoles se encontraban en la antigua residencia 98 personas, dado que «una treintena» ya habían accedido a un hogar definitivo.

La capacidad del centro es de 250 personas, si bien D´Hoore reconoce que se puede ampliar «bastante rápido» hasta las 500 o 600. Señala que quienes llegan al edificio están «realmente cansados del viaje» y que en el centro se intenta «darles el descanso necesario» y comida.

«Se quedan aquí un máximo de tres días», comenta. Cuando salen del centro van a los alojamientos que ofrecen particulares, o tienen a su disposición soluciones que dan los ayuntamientos bruselenses o los Centros Públicos de Acción Social.

Editado por M.Moya