Gernika: «Fuimos refugiados y ahora acogemos»

Superviviente de los bombardeos de Gernika habla sobre los refugiados ucranianos

El superviviente del bombardeo de Gernika, Emilio Aperribai, posa tras la entrevista de la agencia EFE, donde ha recordado momentos del bombardeo de Gernika, similares a los se viven estos días en Ucrania. EFE/LUIS TEJIDO

Gernika (España) (EuroEFE).- «¡Cómo es la vida, refugiados fuimos y ahora acogemos!» Belén Olarreta, superiora del convento de La Merced en Gernika (Bizkaia, España), que desde el martes cobija a 24 mujeres, niños y unos pocos hombres ya mayores llegados de Ucrania, sabe bien de lo que habla.

El sufrimiento de sus «hermanas», aquellas asustadas monjas que un no tan lejano 26 de abril de 1937 abandonaron precipitadamente sus celdas para escapar de las bombas alemanas con las que la Legión Cóndor arrasó para el franquismo la emblemática villa vasca, es el mismo que contempla ahora en los rostros cansados de sus huéspedes recién llegados.

Todos ellos huyen de la agresión rusa a su país. Dejan atrás el horror y la muerte de ciudades como Bucha y Mariúpol. La misma destrucción, la misma desesperación que hace 85 años obligaron a salir de sus casas a cientos de gernikarras, llegados con apenas lo puesto a países como Francia y Bélgica, y que hicieron de la bombardeada ciudad vasca un símbolo de paz.

Elevada a lo universal por los pinceles del genial Picasso, el potencial evocador de la palabra «Gernika» en labios del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, el pasado martes en el Congreso, cosechó el aplauso de millones de españoles.

Antiguos relatos de la Guerra Civil escuchados de padres, madres, abuelos y abuelas se hicieron presentes en el nuevo dolor de los ciudadanos de Irpin y la devastada Mariúpol. Personas desvalidas que llegan cada día a nuestras fronteras.

«Que las acojamos está bien, pero la gran pena de la vida es que haya refugiados» y que exista gente «que no crea que el mundo compartido es mucho mejor», se lamenta en declaraciones a Efe en la puerta de su convento, Belén Olarreta, mientras recuerda que, aunque «tristemente» hoy le ha tocado a Ucrania, también existen «otros lugares» en guerra.

La inquietud por acoger a los 24 refugiados que se cobijan ya tras sus puertas surgió entre las religiosas al poco de estallar la guerra, una labor para la que, según desvela la superiora, contó desde el principio con la complicidad de la Cruz Roja, del Ayuntamiento dirigido por el alcalde José María Gorroño, y del profesorado del colegio que regenta su comunidad.

«Siendo Gernika el pueblo que es y sus circunstancias históricas, que todos hemos conocido y oído a nuestras religiosas mayores que tuvieron que salir del convento en aquel momento, pensamos que había que hacerlo», explica conmovida la superiora.

En la Guerra Civil fueron los vecinos de Gernika quienes tuvieron que salir de aquí, «ahora nosotros acogemos a nuestros hermanos de Ucrania». «Espero que sea una experiencia bonita. Estamos muy contentos porque está ayudando todo el mundo», comenta con ánimo y marcado acento vasco la madre Olarreta, mientras posa su mirada en los más pequeños.

«Ha habido voluntarios que se han puesto a jugar con ellos desde el mismo momento en que llegaron y eso ha sido muy bonito. ¡Que los niños por lo menos puedan vivir de otra manera esta situación tan sinsentido que han creado algunos innombrables!, recalca esperanzada.

«A diferencia de otros pueblos, Gernika no tiene un casco antiguo», no quedó «nada» tras la explosión de las bombas, alguno de cuyos restos se conserva aún en el convento. «Una de nuestras monjas lo usa como florero alguna vez», desvela entre divertida y cómplice la religiosa.

Toda aquella destrucción que aún permanece viva en las viejas fotografías de Gernika y en los relatos transmitidos por los mayores es idéntica a la que proyectan hoy desde Ucrania las televisiones de todo el mundo. «Las imágenes son un calco, se parecen, son casi iguales», describe el alcalde José María Gorroño.

«Es una fotocopia», insiste, porque aquí «los franquistas dijeron que ellos no habían actuado» y «que la habían bombardeado y quemado los propios rojos separatistas vascos» y ahora en Ucrania, después de ver a «tantos muertos por las calles», los rusos «están diciendo también que no han sido ellos».

«Son una imágenes que ya las tengo vistas, porque soy de Gernika», recalca el alcalde, quien no puede ocultar la «emoción» que sintió al ver llegar a su pueblo el autobús con los refugiados ucranios.

«Te traen al recuerdo cosas que has escuchado y que tu familia sufrió hace 85 años», aclara Gorroño, mientras su voz se quiebra al explicar que su abuela, su madre y sus tías tuvieron que exiliarse en Francia cuando su abuelo se quedó encarcelado en España.

«Nosotros somos los herederos de la gente que sufrió ese desastre en el 37 y en el pueblo creo que casi todos han tenido situaciones familiares muy parecidas a la mía», advierte.

superviviente del bombardeo de Gernika habla sobre los refugiados ucranianos en entrevista a EFE

El superviviente del bombardeo de Gernika, Emilio Aperribai. EFE/LUIS TEJIDO

Una de las más impactantes es la de Emilio Aperribay, quien sobrevivió al bombardeo en brazos de su madre, y ahora, a sus 85 años, tras superar cinco cánceres y un infarto, aún dispone de fuerzas para contar lo que le relataron sus mayores de aquella jornada en la que las sirenas interrumpieron el día de mercado durante las «tres horas» que duró el «asedio».

«Los aviones venían continuamente ametrallando a todo lo que se movía». «Mi madre conmigo -en brazos- enfiló por la carretera que va hacia Bermeo» y cada vez que llegaba uno «se escondía detrás de un árbol», hasta que pensó en cobijarse debajo de una camioneta que, sin embargo «voló por los aires» por el efecto de una bomba «sólo cinco metros antes de llegar» a ella.

«El camino estaba lleno de cadáveres de gente que había muerto ametrallada», describe como si fuera hoy un Emilio que se emociona ahora cada vez que recuerda estos hechos tan similares a los que ocurren en Ucrania.

«Allí también se está produciendo una masacre impresionante respecto a la población civil que no tiene absolutamente nada que ver con el tema, pero que es la que está sufriendo las consecuencias», se enfada con la indignación de quien, al igual que los refugiados ucranios, también se quedó «sin nada».

Editado por Sandra Municio

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