Superar la etiqueta de refugiado, aspiración ucraniana en el corazón de la UE

Superar la etiqueta de refugiado, aspiración ucraniana en el corazón de la UE

Refugiados ucranianos en la oficina de un centro de inmigración en Bruselas. EFE/EPA/STEPHANIE LECOCQ

Bruselas (EuroEFE).- Buscar casa y trabajo es la principal prioridad de los exiliados ucranianos recién llegados a Bruselas, que tratan así de rehuir, al menos psicológicamente, su condición de refugiados, con la única aspiración de empezar una nueva vida cargada de incertidumbres en el corazón de la Unión Europea (UE).

Este es el deseo de, por ejemplo, Maxim Pivtorak, un padre de familia que hasta el estallido de la guerra se ganaba la vida como taxista en Mariúpol, una ciudad portuaria al sureste de Ucrania, y que ahora está siendo sitiada y bombardeada por el Ejército ruso.

Un niño refugiado de Ucrania que espera ante un centro de inmigración en Bruselas

Un niño refugiado de Ucrania que espera ante un centro de inmigración en Bruselas. EFEEPASTEPHANIE LECOCQ

En la explanada del parque Heysel, frente al edificio habilitado por las autoridades belgas para el registro de ucranianos en Bruselas, Pivtorak explica a Efe que, de momento, está viviendo gratis junto a su mujer y su hijo de seis años en un albergue a las afueras de la ciudad, y asegura que, una vez encuentren una vivienda definitiva, se pondrá manos a la obra a buscar empleo.

«No quiero estar en Bélgica y que todo el dinero que reciba venga del Estado. Esto es lo que pensamos todos los ucranianos, que no concebimos la idea de estar en un país sin trabajar. Espero que los europeos nos ayuden a encontrar empleos y casas», comenta.

Afirma que, durante los primeros días de la guerra, aún «era posible vivir en Mariúpol», asumiendo el contratiempo, eso sí, de tener que dormir en los pasillos de casa, lejos de las habitaciones, por el temor de que una explosión en el edificio o un estruendo cercano pudiera hacer estallar las ventanas.

«Pero a principios de marzo ya no teníamos luz, agua, teléfono ni Internet. No era posible llamar a nadie, ni enviar mensajes ni tampoco mirar las noticias para saber lo que pasaba», detalla.

Refugiados ucranianos que llegaron a Bruselas tras la invasión de Rusia a Ucrania

Refugiados ucranianos que llegaron a Bruselas tras la invasión de Rusia a Ucrania. EFEEPASTEPHANIE LECOCQ

Ante esta situación, él y su familia decidieron, junto a unos amigos, abandonar Mariúpol: «No hubo ningún corredor humanitario ni nada. Solo gente que, con sus coches, decidimos reunirnos y nos fuimos juntos de la ciudad. Colgamos en las ventanas de delante y de detrás de los coches un cartel que ponía la palabra ‘niños’ para que todo el mundo lo pudiera ver», señala.

Después de traspasar la frontera con Rumanía, empezaron un periplo por Europa que los trajo hasta Bélgica, donde ya se han inscrito en el registro de refugiados para poder acceder, de este modo, al mercado laboral o al derecho a la atención médica.

Desde la organización, comentan a Efe que la mayoría de las personas llegan sabiendo ya donde van a dormir, normalmente en casas de familiares o amigos en las que se quedarán a vivir de forma temporal, como es el caso de Svitlana Hryshok, de 56 años, y su madre Lyudmila, de 81, ambas procedentes de la capital, Kíev, y que residen en casa de su sobrina y nieta, respectivamente.

«Nuestra vida era maravillosa, amábamos mucho a nuestro país y no nos esperábamos para nada esta guerra», manifiesta Hryshok, que habla un poco de inglés y confía que, gracias a esto, pueda encontrar trabajo en Bélgica dentro del sector logístico, que es el terreno al que ha dedicado toda la carrera profesional.

En cambio, para su madre, el conflicto llega en un momento completamente distinto y, a sus 81 años, admite que se le hizo muy difícil tomar la decisión de huir de Ucrania: «He vivido toda mi vida en Kíev. Tenía mi vida allí, en mi piso, mi trabajo… Ahora no sé si el apartamento va a aguantar y temo por mis amigos que siguen ahí, porque son muy mayores y no pueden viajar».

Y remarca: «Esta es la segunda evacuación que tengo que hacer en mi vida por culpa de una guerra. En 1941, cuando tenía un año y los nazis venían hacia Ucrania, tuve que trasladarme de Lviv (una ciudad al oeste del país) a Kíev. Y ahora, con 81 años, tengo que hacer el camino inverso y marcharme desde Kíev hacia el oeste».

Entre un exilio y otro, existe un espacio de 80 años que separa el horror de la Segunda Guerra Mundial con el de la invasión rusa de Ucrania, un espacio que, para esta anciana, supone un paréntesis en medio de un período de entreguerras: «C’est la vie» (Así es la vida, en francés), exclama cuando termina de contar su historia.

Da una palmada seca con resignación para cambiar las ideas y acto seguido sonríe porque, dice la anciana, al menos tanto ella como su hija están «sanas y salvas» y en Bélgica podrán alejarse del estrépito de las bombas, el ruido de las sirenas antiaéreas y el pánico de la guerra.

Editado por M.Moya